PUESTOS A VIVIR ESTE MAL ABSURDO, MEJOR MORIR POR UNO BUENO

o seis balas con las que darse un tiro y morir (de risa)

Bernie Ohls

Cuando el Partido Popular, tras apenas haber cumplido alguna de las promesas electorales en su anterior gobierno, volvió a ganar unas segundas elecciones en menos de un año y aumentó diez escaños con respecto a las primeras, recuerdo que le dije a esa voz en mi cabeza que me susurra malos pensamientos por las noches:

 

"tío... me gusta el absurdo, pero este no me hace ni puta gracia"

 

            Entonces miré hacia mi biblioteca e imaginé qué otras grandes novelas y relatos podrían haber escrito maestros como Sharpe, Wodehouse, Saki o Jardiel Poncela con la materia prima presente de este país. Eso bastó para hacerme reír. Ya saben, por no llorar.

            Pero cuando fracasó el nuevo acto de investidura y se hizo patente que los partidos políticos iban a esperar los resultados de las elecciones gallegas y vascas antes de hacer cualquier nuevo movimiento... a medida que se han ido volviendo más que probables unas terceras elecciones el día de Navidad... además de venírseme a la mente todas esas joyas cinematográficas del slasher en las que un tipo vestido de Papa Noel va matando al personal con un hacha o por medios truculentos varios, lo que le vine a decir a Carpy (que así bauticé a la voz susurrante, por venir siempre acompañada de una musiquilla rítmica y pegadiza de sintetizador al más puro estilo Carpenter) fue:

 

"Voy a pegarme un tiro porque esto es para morirse"

           

            Concluí que puestos a vivir este mal absurdo, era mejor morir por uno bueno. Saqué del escritorio el revolver con el que amenazo a mi editor cada vez que me mete presión en la entrega de mis manuscritos y, dispuesto a acometer mi suicidio, me acerqué a los estantes para escoger balas del calibre apropiado: humor negro, absurdo.... Decidí descartar las de los grandes (los antes citados y otros) en un gesto de piedad hacia mi familia (les sería más fácil identificarlas en el futuro si la locura de este país iba a mayores y les llevaba a seguir mis pasos; algo, todo sea dicho, más que plausible) y me concentré en llenar el tambor con munición menos conocida pero, no por ello, menos efectiva. Ya puestos, en un pensamiento altruista hacia mis compatriotas, me propuse enumerarlas e incluirlas en este documento que, a modo de testamento, recibirán mis albaceas en Filmtropía para que hagan con él lo que crean oportuno.

            Este será, además del recuerdo indeleble de mi mente perturbada, el único legado que dejaré: seis balas con las que darse un tiro y morir (de risa). Cada una acompañada por muestras de su polvora para que puedan juzgarlas ustedes mismos y escojan las que más les gusten si, como yo, deciden poner fin a este absurdo en el que vivimos.

 

1.- La Tienda de los Suicidas, de Jean Teulé (Bruguera)

 

            "-¡Alan...! ¿Cuántas veces voy a tener que repetírtelo? No se les dice «hasta luego» a los clientes que salen de la tienda. Se les dice «adiós» porque no van a venir nunca más. ¿Lo entenderás algún día?

            Lucrèce Tuvache, muy enfadada, esconde tras la espalda una hoja de papel, que tiembla entre sus manos crispadas al ritmo de su cólera. Inclinada sobre él, sermonea al más pequeño de sus hijos, le lee la cartilla. El niño, de pie frente a ella, con pantalones cortos, la mira con su cara alegre.

            -Y otra cosa: cuando entra alguien, deja de canturrear «Bueeenos díiias» -dice, imitándolo-. Hay que decir con aire lúgubre: «Malos días, señora», o «Le deseo una noche atroz, señor». ¡Y sobre todo no sonrías! ¿Quieres espantar a la clientela...? ¿A qué viene esa manía de recibir a la gente haciendo monerías con los ojos y moviendo los índices levantados al lado de las orejas? ¿Acaso crees que los clientes vienen aquí para contemplar tu sonrisa? Es insoportable. ¡Vamos a ponerte un aparato o a llevarte a que te operen!

            La señora Tuvache, un metro sesenta y a las puertas de la cincuentena, está furiosa. El mechón que le cruza la frente da movimiento a su pelo castaño, bastante corto y metido por detrás de las orejas.

            En cuanto a los rizos rubios de Alan, ondean como por efecto de un ventilador ante los gritos de su madre, que le enseña la hoja de papel que escondía tras la espalda:

            -¿Y qué significa este dibujo que has traído del colegio?

            Lo coloca ante sus ojos sujetándolo con una mano y lo describe dando golpes rabiosos con el índice de la otra:

            -¡Un camino que lleva a una casa, con una puerta y unas ventanas abiertas ante un cielo azul en el que brilla un enorme sol...! ¿No hay nubes ni contaminación en tu paisaje? ¿Dónde están las aves migratorias que echan sobre nuestras cabezas sus excrementos con virus asiáticos? ¿Dónde están las radiaciones y las explosiones terroristas? Es totalmente irreal. ¡Ven a admirar lo que Vincent y Marilyn dibujaban a tu edad!

            Lucrèce pasa por delante de un expositor con multitud de frascos brillantes y dorados. Después pasa ante su hijo mayor, un chico de quince años, delgado, que se muerde las uñas y se mordisquea los labios bajo un cráneo completamente vendado. Junto a él, Marilyn, de doce años y un poco gordita, tirada sobre un taburete, mata su apatía -con un bostezo engulliría el mundo- mientras Mishima baja la persiana metálica y empieza a apagar algunos tubos de neón. La madre abre un cajón que está bajo la caja registradora, saca, de una libreta de pedidos, dos hojas de papel y las desdobla:

            -Mira qué sombrío es este dibujo de Marilyn, y este de Vincent: ¡unos barrotes frente a una pared de ladrillos! Esto sí merece mi apoyo. Es obra de un chico que ha entendido algo de la vida... Este pobre anoréxico que padece tantas migrañas que cree que el cráneo le va a estallar si no lo lleva vendado... ¡Él es el artista de nuestra familia! ¡Nuestro Van Gogh!

            La madre lo pone como ejemplo:

            -Lleva el suicidio en la sangre. Es un auténtico Tuvache, mientras que tú, Alan..."

 

            Hace generaciones que los Tuvache regentan una tienda en la que venden artículos para el suicidio. Todos tienen por nombre el de algún suicida famoso y es práctica familiar ser oscuro y pesimista. Pero resulta que el menor de los hijos de Lucrèce y Mishima sonríe, cosa que ningún Tuvache ha hecho jamás. Y es que el pequeño Alan les ha salido... optimista, algo que no puede ser bueno para el negocio y trastorna lo que hasta entonces ha sido tradición y costumbre.

 

2.- Una Lectora Nada Común, de Alan Bennett (Anagrama)

 

            "-Norman.

            Sir Kevin oyó el chirrido de la silla cuando Norman se levantó.

            -Vamos a Gales dentro de unas semanas.

            -Mala suerte, señora.

            La reina esbozó una sonrisa a Sir Kevin, serio.

            -Qué descarado es Norman. Ya hemos leído a Dylan Thomas, ¿verdad?, y algo de John Cowper Powys. Y hemos leído a Jan Morris. ¿Quién más hay por allí?

            -Podría probar Kilvert, señora -dijo Norman.

            -¿Quién es?

            -Un párroco, señora. Del siglo diecinueve. Vivió en la frontera galesa y escribió un diario. Le gustaban las niñas.

            -Oh -dijo la reina-, como a Lewis Carroll.

            -Peor, señora.

            -Válgame Dios. ¿Puedes conseguirme sus diarios?

            -Los pondré en la lista, señora.

            Su Majestad cerró la puerta y volvió a la mesa.

            -Ya ve, Sir Kevin. No puede decir que no hago los deberes.

            Sir Kevin, que nunca había oído hablar de Kilvert, no se inmutó.

            -La fábrica de queso está en un nuevo parque empresarial, situado en una antigua cuenca minera. Ha revitalizado toda la zona.

            -Oh, no lo dudo -dijo la reina-. Pero no me negará que la literatura es importante.

            -No sé si lo es -dijo Sir Kevin-. En la fábrica contigua, cuya cantina inaugura Su Majestad, hacen componentes informáticos.

            -Habrá cantos, me figuro.

            -Habrá un coro, señora.

            -Suele haberlo.

            La reina pensó que Sir Kevin tenía una cara muy musculosa. Era como si tuviera músculos en las mejillas, y se le tensaban cuando fruncía el ceño.

            Pensó que si ella fuera novelista, quizá valiese la pena anotarlo."

 

            Un día, la reina de Inglaterra descubre una biblioteca ambulante aparcada cerca de las cocinas de palacio y, como es deber de toda reina "mostrarse interesada", decide sacar un libro en préstamo. Pero con la asesoría del pinche de cocina al que acaba haciendo su amanuense empieza a aficionarse a la lectura, algo que no gusta en palacio ya que una reina debe evitar las aficiones: las aficiones suponen preferencias, y las preferencias excluyen a gente. No se espera de ella que esté interesada por las cosas, basta con que muestre interés. Y mucho menos que se vuelva una persona interesante. Lo contrario podría ser... ¿peligroso?

 

            DESDE FILMTROPÍA, INTERRUMPIMOS ESTE TEXTO PARA HACER SABER A AUTORES Y EDITORES (CITADOS O NO) QUE, AUNQUE NUESTRA WEB ES DE ORIGEN EMINENTEMENTE CINÉFILO, POSEE ESPACIOS DEDICADOS A LA RESEÑA DE LIBROS Y CÓMICS QUE NO TIENEN POR QUÉ TENER UN CIPOTE QUE VER CON EL CINE (PARA MUESTRA, UN BOTÓN). Y QUE SI SE LO HACEMOS SABER NO ES PARA QUE NOS ENVÍEN NADA (QUE YA NOS COMPRAMOS NOSOTROS LO QUE NOS GUSTA O NOS SALE DE LOS HUEVOS EN LUGAR DE LOS TRUÑOS QUE A VECES MANDAN) SINO PARA QUE ESTÉN PENDIENTES Y NOS ENLACEN SI LO CREEN OPORTUNO. ¡QUE LES ESTAMOS HACIENDO PUBLICIDAD GRATUITA, COPÓN, A VER SI NOS VAMOS ENTERANDO!

            YA ESTÁ. ASÍ, CON MAYÚSCULAS PARA QUE RESALTE. Y EN MEDIO. NO VAYA A SER QUE, CON TANTA TONTERÍA CONCENTRADA, NO LLEGUEN HASTA EL FINAL.

            SI ES QUE SIGUEN AHÍ. NO LES CULPARÍAMOS SI NO.

 

3.- La de Dios es Cristo, de John Niven (Papel de Liar)

 

            "Jesús toma el asiento más cercano al escritorio de su padre y apoya sus pies descalzos en el borde. Dios se aposenta en el extremo de la mesa.

            -Bien, bien -dice sonriente-. ¿En qué andabas?

            -Va, ya sabes. De relajo.

            -Sin agobios, ¿eh? Estupendo.

            -Sí, tocando un poco la guitarra, jugando un poco al golf y fumando hierba.

            -¿Ah, sí? Se te ve un poco sediento hijo, ¿quieres algo de beber? ¿Un vaso de agua o lo que sea?

            -Eh, sí, guay, gracias. Tienes buen aspecto, papá.

            Dios, dando la espalda a Jesús, vierte agua de la jarra en un vaso. El agua es de color anaranjado y tiene un espeso sedimento en el fondo. Dios se la acerca con la mano tapando el vaso.

            -Parece que te ha dado un poco el sol -prosigue Jesús.

            -¿Sí?

            -Sí, Casta tiene razón. Deberías escaparte más a menudo.

            -¿Te parece? -dice Dios pasándole el agua.

            -Pues claro, joder. Tienes que reservar tiempo para, pues para ti, de vez en cuando, ¿no? Tendrías...

            -Mmm -Dios observa sonriendo mientras Jesús se interrumpe para dar un buen sorbo.

            -Gruuuaaagssshh -Jesús salpica agua por todas partes en plena arcada-. ¿Qué coño es...

            -¡ES UNA MUESTRA DE AGUA TOMADA DEL GANGES ESTA MAÑANA!

            -Es... eh, ¿qué?

            -¡USAN EL RÍO COMO UNA PUTA LETRINA MIENTRAS TÚ ANDAS POR AHÍ ARRASTRANDO EL CULO, VAGO DE LOS COJONES!

            ¿De buen humor... Dios? Es como el abuelo más bondadoso que jamás pudieras soñar. Como Jack Lemmon o Jimmy Stewart hasta las cejas de Tranquimacín. ¿Y cabreado? Como un productor de Hollywood antes de un fin de semana de estreno: Joel Silver o David Geffen pasados de crack."

 

            Allá por 1609, en pleno clímax del Renacimiento, Dios se toma una semana libre.  Piensa que su hijo se hará cargo de la humanidad en su ausencia pero resulta que Jesús es irresponsable, holgazán e indeciso y, como un día de tiempo celestial equivale a unos 57 años terrestres, cuando el Señor regresa es el año 2011 y se encuentra con el caos en el que nos hemos convertido. Tras repasar todos los desastres que se ha perdido y estudiar con los santos la situación, decide que es hora de una Segunda Venida del Mesías, algo que a Jesús no le hace ninguna gracia visto como acabó la primera. ¿Pero qué le va a hacer? Es su padre y, como dice la taza en la que toma el café, también ES EL JEFE.

 

4.- El Asesino Hipocondríaco, de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Plaza & Janés)

 

            "Estoy junto al quiosco presa de la ansiedad, y en estos momentos no sé qué hacer. Miro a todas partes. Me invade el pánico, y relego también el periódico a un lado con la cara descubierta. Nada de esto sería tan grave si no estuviera seguro de que hoy será mi último día entre los vivos. Justo hoy, el día en que voy a morir, Eduardo Blaisten, mi objetivo, no aparece por la calle por la que debería aparecer según su propia rutina. Siento que me falta el aire. No puedo respirar. Me desabrocho un botón de la camisa. Por mucho que abro la boca y aspiro la brisa de la calle, no noto que nada satisfaga mis pulmones. Y la opresión en el pecho es cada vez mayor. También el calor, en las mejillas, en las orejas, y en toda la superficie del cuero cabelludo. Debo de haber alcanzado con facilidad los treinta y siete grados centígrados, y cuatro, seis, ocho décimas.

            Cuando a las 10:25 Eduardo Blaisten aparece por fin doblando una esquina de la calle Virgen de los Peligros, sonriendo a diestra y siniestra como si caminara por un pequeño pueblo y conociera a todo el mundo, con una pátina de brillo en el abrigo efecto de la lluvia liviana, mis pulsaciones rozan ya las ciento quince por minuto y respiro cinco veces cada diez segundos.

            Este objetivo va a acabar conmigo.

            Las pocas veces que se retrasa creo que lo hace sólo para aumentar mi sufrimiento, para trastornarme, para que pierda el control. El resto de las veces pienso que se esfuerza en ser tan preciso en sus hábitos y sus citas para adelantarse a mí, para ser más exacto que yo, para sortear así su muerte inevitable. Pero no tiene nada que hacer, porque yo, por supuesto, por encima de todo, soy un hombre de puntualidad kantiana."

 

            Esta es la reacción del asesino hipocondríaco cuando su objetivo se retrasa un minuto en su rutina. Se rige por la moral kantiana, que exige hacer lo que gustaría que hiciesen por uno así como no dejar de hacer lo que no nos gustaría que dejaran de hacer por nosotros, y debe cumplir con el último encargo que le han hecho, pero le va a resultar un tanto problemático teniendo en cuenta que le queda un día de vida (dos a lo sumo) y está aquejado de múltiples dolencias y males frutos de un destino cruel que se ensaña con él. Sin embargo, es inconcebible que ceje en su empeño porque, como pueden imaginar, no le gustaría que dejaran inconcluso un trabajo que él encargara.

 

5.- Obras Completas de Sally Mara, de Raymond Queneau (Blackie Books)

 

            "Se ha marchado.

            El barco se va, esparciendo humo monótono en la pantalla del cielo. Silba. Se ahoga. Y se lleva a Monsieur Presle, mi profesor de lengua francesa.

            He agitado el pañuelo, lo empapo de lágrimas, antes, esta noche, de apretarlo entre las piernas, contra el corazón. ¡Oh, God, quién conocerá alguna vez mi tormento! ¡Quién sabrá que ese Monsieur Presle se lleva consigo toda mi alma, que seguramente es inmortal! Nunca me hizo nada Michel. Monsieur Presle, quiero decir. Sé que los señores de su edad hacen cosas a las jovenes alocadas de la mía. ¿Qué cosas y por qué? Lo ignoro. Yo soy virgen, es decir, jamás he sido explotada ("tierra virgen: tierra que nunca ha sido explotada", dice mi diccionario). Monsieur Presle no me tocó nunca. Apenas su mano sobre la mía. A veces la deslizaba a lo largo de mi espalda para golpetearme ligeramente el pompis. Simples gestos de cortesía. Me enseñó francés. ¡Con obstinación! Y no me enseñó demasiado mal, puesto que, en su honor, en recuerdo de su partida, quiero decir, a partir de hoy, de ahora, voy a escribir mi diario en su lengua materna. Serán mis escritos franceses. Y los otros, mis ingleses, los arrojaré al fuego."

 

            Sally Mara (heterónimo del escritor Raymond Queneau) es una joven irlandesa que vive con una madre lerda pendiente del regreso del marido que saliera a por cerillas diez años atrás, un hermano borracho con inquietudes poéticas que acaba haciendo botones de hueso y una hermana capaz de estudiarse los ochenta barrios de París y las mil doscientas islas de Filipinas para aprobar un futuro examen de empleada de correos. La marcha de su profesor de francés la lleva a iniciar un Diario Íntimo donde plasmará (¿con inocencia?) sus experiencias en una etapa de la vida en la que todo son descubrimientos, un texto cuya lectura llevaría a Italo Calvino a decir: "Tengo la sensación de que hay obscenidades por todas partes (¿o soy yo, que estoy obsesionado?)".

            Las Obras Completas de Sally Mara incluyen, además del citado diario, la novela Siempre Somos Demasiado Buenos con las Mujeres (novela que Sally Mara menciona querer escribir) así como un opúsculo titulado Sally más íntima.

 

6.- Burlando a la Parca, de Josh Bazell (Anagrama)

 

            "¡De modo que voy camino al trabajo, me paro a ver cómo una paloma se pelea con una rata en la nieve y un gilipollas intenta atracarme! Naturalmente tiene una pistola. Se me acerca por detrás y me la clava en la base del cráneo. Está fría, y en realidad produce una sensación agradable, como de digitopuntura.

            -Tranquilo, doctor -me sugiere.

            Lo que lo explica todo, al menos. Incluso a las cinco de la mañana, no soy la clase de tío al que se suele atracar. Soy como una estatua de estibador plantada en la Isla de Pascua. Pero el capullo me ve bajo el abrigo los pantalones azules del pijama sanitario y los zuecos de plástico verde perforados, así que piensa que debo de llevar drogas y dinero encima. Y que a lo mejor he hecho alguna especie de juramento de no patearle su culo de tonto del culo por tratar de asaltarme.

            Apenas tengo drogas y dinero suficiente para pasar el día. Y el único juramento que he hecho, según recuerdo, es el de no tener propósito de hacer daño. Me parece que ya hemos pasado de ese punto.

            -Vale -digo, alzando las manos.

            La rata y la paloma se han largado. Cobardicas.

            Me doy la vuelta, movimiento que me aparta la pistola de la nuca y me deja con la mano derecha levantada por encima del brazo del capullo. Lo agarro del codo y tiro bruscamente hacia arriba, haciendo que sus ligamentos salten como tapones de champán.

            Detengámonos un momento a contemplar el prodigio que llamamos codo."

 

            Tras ingresar al atracador al que él mismo ha herido, Peter Brown empieza el que debería ser otro día más como interno de primer año en el Hospital Manhattan Catholic, con su habitual ronda a los pacientes, flirteo con enfermeras y consumo de psicofármacos estimulantes. Pero cuando se dispone a atender a un tal Nicholas LoBrutto, el paciente piensa que lo han mandado para acabar con él. Y es que Nicholas LoBrutto es el verdadero nombre de Eddy Squillante, un mafioso al que conoció cuando todavía era el asesino Pietro "Zarpa de Oso" Brnwa, antes de convertirse en Peter Brown ocho años atrás cuando entró en el programa de protección de testigos del FBI,.

            Aclarado el malentendido, Eddy parece dispuesto a no revelar la tapadera del antiguo sicario. Eso mientras siga vivo, claro está, porque si muere harán llegar la información a otro mafioso que tiene cuentas pendientes con Pietro y... ¿he dicho ya que Eddy tiene diagnosticado un cáncer y le han dado tres meses de vida?

 

Post Scriptum

            Para cuando he terminado la selección, ha dado tiempo a que Rita Barberá sea imputada por supuesto blanqueo de capitales, se dé de baja del Partido Popular y se pase al Grupo Mixto (porque no piensa abandonar el Senado, ¡como iba a ser de otra forma!). El cambio le supondrá cobrar dos mil trescientos euros más al mes, más dinero del que he visto yo en tres años. Mientras tanto, en Sevilla se lleva a cabo un referéndum para decidir si la Feria de Abril se amplia dos días, y uno no puede evitar pensar que probablemente acudirá más gente a votar que en cualquiera de las últimas elecciones generales.

            Como empieza a parecerme que el desparrame está creciendo exponencialmente y seis balas no van a ser suficientes, amplio mi selección incluyendo Delicioso Suicidio en Grupo, de Arto Paasilinna (Anagrama), que podría haber ocupado el lugar de La tienda de los Suicidas igual de dignamente. También Lamentaciones de un Prepucio, de Shalom Auslander (Blackie Books), que a punto estuvo de entrar en lugar de Obras Completas de Sally Mara. Y Viena a sus pies de Alfonso Vázquez (Rey Lear), que se quedó fuera por recomendar El Asesino Hipocondríaco, obra de otro malagueño, con la intención de darme pie para anunciar que Juan Jacinto saca en octubre El gran imaginador o la fabulosa historia del viajero de los cien nombres (disculpe, Alfonso, si usted tiene novedad por salir y no me he enterado). Por último, añado Nunca Digas Vodka Nunca Jamas de Sergi Álvarez (Orciny Press), otro delirio de los buenos al más puro estilo Monty Python.

            Pero cuando tengo todo listo, desisto de mis intenciones suicidas. No es que me falte valor para apretar el gatillo, al contrario, simplemente he recordado que estamos en Málaga, o sea, en Andalucía, la comunidad autónoma con la presión fiscal más alta del país en cuanto al Impuesto de Sucesiones y Donaciones, donde nos hacen pagar por una herencia cien veces más que a un madrileño. Y me digo que es mejor que no me mate no vaya a ser que a la Junta le de por cobrarles a saber cuanto por haber escrito que esto es mi testamento. Sé que suena absurdo pero, visto el panorama, no me sorprendería.

            No. Mejor no me la juego y que cuenten ustedes con ese dinero para gastárselo en libros.

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