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Miguel Córdoba

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CUANDO QUIERES SER ALIEN PERO NO DEJAS HUELLA

(Life y el problema de la nostalgia)

" la película es menos una película de ciencia ficción que una pura película de horror..."

Uno de mis lemas es: si no tienes nada nuevo que aportar, limítate a saborear lo que otros han hecho mejor que tú. Pero, si no te gusta, tranquilo, tengo otro en la recámara al que puedo echar mano en cualquier momento, como uno de esos principios de repuesto de los que hablaba Groucho Marx. Y suena así: si Sony te ofrece hacer una película, no te pases de listo e intenta recuperar el presupuesto, o al menos la mitad. Tal vez algo así pensaría el director Daniel Espinosa cuando le pusieron 58 millones de dólares sobre la mesa para contar una historia. Sobre todo, teniendo en cuenta que su película anterior, «Chico 44» (la adaptación de la novela de Tom Rob Smith, que produjo, oh sorpresa, Ridley Scott), apenas recaudó un millón de dólares en los Estados Unidos. En lo que a mí respecta, el insomnio y la responsabilidad no me dejarían jugar a ser Buñuel. Supongo que a Espinosa tampoco. Y si a eso le añades que Hollywood sólo se acuerda de la última película que hiciste, adquieres ya el profundo convencimiento de que no estás dispuesto a cagarla una vez más. Así que te agarras a lo que una vez funcionó, porque tienes la certeza de que funcionará de nuevo. Y así seguimos. Haciendo poleadas y ahorrando hogazas.

            El problema es que cuando ya tienes una edad y vas al cine y ves en la gran pantalla a un bicho extraterrestre cargarse a todos los tripulantes de una nave (de acuerdo, Estación Espacial Internacional), no puedes evitar mirar al adolescente que está sentado a tu lado y sentir la tentación de decirle: Chaval, esto ya lo hicieron ―y mucho mejor―cuando tu padre soñaba con Bo Dereck y los Led Zeppelin cantaban aquello de «no dejes que ella te tome por tonto». Y eso es precisamente lo que está haciendo esta película con todos nosotros, hijo, tomarnos por tontos. Pero luego te paras a pensar y decides callarte. No porque seas buena persona, sino porque te acuerdas de algunas películas como «Horizonte Final» de 1997 y sabes que por mucho que su guionista, Philip Eisner, dijera en un brote de inspiración intelectual aquello de que su «referente no era realmente Alien, porque la película es menos una película de ciencia ficción que una pura película de horror, en el sentido de algo como El resplandor y La casa encantada», sabes que Paramount tampoco quería ver en su momento a un montón de pájaros volando desde la noble marginación de la originalidad, dando brincos desesperados para ver si atrapaba alguno. Guardas silencio porque comprendes que el cine también es un negocio y, como alguien dijo alguna vez, nunca dejó de ser un continuo plagio, veinticuatro fotogramas por segundo.

            «Alien, el octavo pasajero», inspiró a muchas abominaciones posteriores, alguna de ellas entrañables, que explotaron hasta la saciedad la idea del asesino en serie de otro mundo. «Inseminoid» (¡Un nacimiento lejos de ser humano!) de 1980 o la italiana «Contamination» que, bueno, en fin, ya sabes, o «La galaxia del terror» (1981), producida por Roger Corman, con alguna que otra escena viscosa entre un enorme gusano y la actriz Taaffe O'Connell, que se llevó, además del apodo de «la reina del grito», un mal recuerdo de la grabación de la escena, por lo frío que estaba el maldito potingue que babeaba la criatura extraterrestre. Son las habituales y fallidas evocaciones de un éxito que marcó un hito en el género de la ciencia ficción. Pero seamos sinceros, que lo hicieran uno o dos años después del estreno de la obra de Scott, en un intento por cobijarse bajo su larga estela de éxito, puede resultar irritante, bochornoso y, haciendo un esfuerzo de empatía, incluso hasta comprensible, pero que lo hagan casi cuarenta años después, envuelto en un guion neutro y efectista, con un final ajustado con calzador, como una de esas piezas de puzle que según tu hijo de cuatro años debe encajar sí o sí, a pesar de estar dejando todos los huecos de incoherencia narrativa a trasluz, es decepcionante y bastante preocupante. 

            Estoy de acuerdo en que «Alien» tampoco salió de la nada. Su guionista Dan O´Bannon, jamás se negó en reconocer sus influencias. Ahí estaban películas de los años cincuenta como «El enigma de otro mundo», «El terror del más allá», donde ya podíamos ver a monstruos extraterrestres escondidos en los conductos de ventilación; novelas como «El viaje del Beagle Espacial» de A. E. van Vogt, donde también se trataba el horror que podía suponer el descubrimiento de otras formas de vida. También estaba el magnífico diseño artístico de H.R. Giger que, en esencia, era básicamente “lovecraftiano”. Puede ser que esas lapas “abrazacaras” ya las viéramos en «El monstruo sin rostro» (1958) o que esas abultadas convulsiones gastrointestinales fuesen un homenaje ―llevado hasta sus últimas consecuencias― de un delirio de Cronenberg incluido en su película «Vinieron de dentro de...», cuatro años antes del estreno de Scott. También he leído por ahí que el dentudo y asqueroso «quebrantapechos» sale de unas de las distorsionadas propuestas de Francis Bacon en «Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión». Pues sí, no hay duda. Y si me apuran podríamos incluso hasta encontrar un parecido razonable entre un xenomorfo y uno de esos crustáceos repugnantes llamados anfípodos pram (el banco de imágenes de Google es infalible).

            Está claro que «Alien, el octavo pasajero» también tuvo sus fuentes en la iconografía pasada de la ciencia ficción, pero creo que supo aunar lo ya dado con un toque magistral. Ahora bien, ¿qué hace que una película permanezca en la memoria del público para siempre? Los que entienden de esto dicen que es por una combinación de elementos sobresalientes que implican, entre otras cosas, una gran banda sonora, un guion excelente, personajes con relieve encarnados por actores de primera, escenas claves que sirvan de punto de inflexión en la historia, una estética propia y un director con aspiraciones de autor. Y eso, no pasa muy a menudo.

            Tendría unos once o doce años cuando vi «Alien, el octavo pasajero» por primera vez. Lo hice en casa de un amigo en VHS. En casa teníamos el vídeo 2000 y casi nunca conseguía encontrar a alguien con quien intercambiar algunas pelis, lo único de lo que podía presumir era de que mis cintas tenían una cara B. Han pasado, ¿cuántos?, ¿treinta años?, y aún me acuerdo de los siete tripulantes del Nostromo. ¿Por qué? Seguramente porque conectaban con el espectador desde el minuto uno y, sobre todo, porque eran creíbles. Hablaban como hablan los currantes. El propio Scott dijo una vez que quería que fuesen «camioneros del espacio». Cierras los ojos y ves a Brett, el técnico ingeniero, el de la gorra, sí, y a Parker, el ingeniero jefe, con su felpa azul, interpretado por Yaphet Kotto, que por cierto asegura haber tenido contacto real con extraterrestres a lo largo de su vida. Y que levante la mano quien no se acuerde de Ash, el misterioso científico con su lado oscuro e inconfesable, y, por supuesto, del suboficial de vuelo del carguero, Ellen Ripley. Y hasta del gato. Tampoco me olvido de él. Maldita sea, si el monstruo apenas aparecía en la película durante cuatro minutos y acabó siendo inolvidable.

            Sin embargo, soy incapaz de acordarme de todos los personajes de «Life». Y eso que vi la peli hace relativamente poco tiempo. Había un tipo que acaba de ser padre, ¿no? Y luego estaba esa chica, una astronauta, ¿cómo se llamaba? Lo siento. De verdad. Es probable que el problema sea mío, aunque sospecho que la diferencia entre un clásico y una película más, la sustenta algo que no se puede comprar con 60 millones de dólares, ni tampoco compensar con los mejores efectos especiales de la historia, ni siquiera copiando la fórmula que una vez recaudó un montón de pasta. Aunque, para ser justos, la película de Espinosa tiene algunos momentos dignos de gran cine, sobre todo en el planteamiento inicial, pero acaba faltándole algo. Autenticidad, quizás. 

            Estoy convencido de que es más fácil que te impacte una película a los doce años que a los cuarenta (vale, cuarenta y dos), por una mera cuestión de memoria declarativa. Llegado un momento, necesitas una vuelta de tuerca a lo ya visto para no quedarte dormido. Pero, volviendo al adolescente que estaba sentado a mi lado en el cine, tengo que confesar una cosa: tenía los ojos muy abiertos y clavados en la gran pantalla. Además, ni siquiera despegaba la mirada cuando se llevaba un puñado de palomitas a la boca. Por lo que la peli no debió de ser tan floja, ni tan redundante. ¿Saben qué? Es muy probable que mi punto de vista estuviera enturbiado por la nostalgia.