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J. A. Fernández

Madrigal

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CÓMO OCURRIERON DE VERDAD LAS COSAS

(versión adaptable a los gustos de todo tipo de mascotas)

Para leer este relato te hace falta buena memoria o bien un papel y algo para escribir. (Para una mascota como tú casi mejor lo del papel.)

En el papel tienes que escribir los nombres de estas otras mascotas, que forman parte de mi camada:

     El dejao.

     El macho alfa.

     La parejita formada por el oscurito y la asustá.

     Mi mujer mascota.

Yo también me prepararía para tener apuntado en el papel los números de los capítulos de esta historia por los que vas pasando. Que nos conocemos

Ya te digo luego para qué sirve eso. Por ahora lo único que tienes que hacer es leer, que es más fácil que apuntar cosas.

     Jones es mi nombre. Soy miembro de una estirpe de grandes cazadores que se pierde en la noche de los tiempos, y, en línea con mi abolengo, me he vuelto a convertir en el protagonista de lo que pasa a mi alrededor. Nada más despertar ya dejé claro que mi prioridad no era averiguar por qué se encendieron las luces antes de que llegáramos a nuestro destino ni ninguna chorrada de ese calibre, sino terminar de explorar los rincones de esta nave que me han construido los humanos para hacer viajes largos, que apenas había tenido tiempo de conocerla. El caso es que luego me percaté de que tenían todos muy mala cara, así que no sé si me habían escuchado; como yo soy de despertares rápidos y a ellos hay que darles un tiempo largo para que estén otra vez en forma... Mi mujer mascota me permitió salir de la cápsula que le había dejado compartir conmigo casi sin prestarme atención (¡no se les ocurre otra cosa que poner las luces a tope nada más despertar, que se van a quedar ciegos!). Tengo que decir que la cápsula ya empezaba a oler; llegué a apreciar como algo similar a la frescura el aire que había estado encapsulado durante años en este carguero-remolcador construido en un planeta minero. Así que, con esa alegría en el cuerpo, me largué a disfrutar de las formas, olores y sabores que me esperaban en el puente inferior y todos sus recovecos (No me preguntes cómo este conjunto de despropósitos de metal, plástico y porquería puede moverse siquiera; los humanos lo hacéis todo muy enrevesado, pero oye, que os funciona, de verdad, que sois unas mascotas de lo más útiles cuando uno aprende a soportaros. A vosotros y a vuestros olores).

Al rato sentí en los mismos bigotes la llamada que venía de fuera, como un temblorcillo muy largo que cortaran en juliana con un esparadrapo, o algo así me pareció porque realmente no había palabras para describirlo. Volví corriendo arriba. Me los encontré a todos muy ocupados hablando e interpretando y decidiendo, como suelen hacer todo el tiempo (así no es plan, porque dejan de escucharte). La cosa era bien simple, y se lo dije en un maullido perentorio, pero nada, ahí siguieron a gritos unos con otros. A las mascotas os cuesta mucho enfrentaros a todo porque lo liais sin necesidad.

Cuando se calmaron un poco decidieron bajarme al trozo de roca que habían encontrado, que era todo lo contrario de lo que les había dicho, pero incluso algo tan sencillo lo terminaron haciendo tan mal que me rompieron la mitad de la nave en el descenso, tuve que gritarles al dejao y al oscurito para que fueran a arreglarla, ¡y al final ni siquiera pude salir! En vez de eso fueron a echar un vistazo el macho alfa, el triste y la asustá. No sé, tendrían miedo de que se me llevaran las ráfagas de viento y al final les salió el instinto de protegerme.

Tardaron poco en volver con el rabo entre las piernas (ya, ya, a ellos no se les aplica, pero es un dicho tradicional en mi familia) porque, para empezar, ni siquiera habían entendido la señal alienígena que nos había despertado antes de tiempo. En fin, yo los hubiera abandonado allí afuera, en medio de ese tiempo atmosférico tan chungo, para que aprendieran por refuerzo negativo; de hecho me apoyó en esa idea mi mujer mascota, pero terminó por entrometerse el puñetero muñeco de leche y a tomar por culo todo: hala, otra vez para arriba, crujiendo, vibrando y echando vapores por todos sitios. Protesté a mi manera: maullando y arañando al que se atrevía a acercarse. Al final se me estaba desmadrando la manada...

Bien lejos que me quedé del triste durante el despegue, no sólo por enfado, sino porque no veas qué garrapata más grande y asquerosa traía pegada a la cara. Pero los humanos entendéis poco, mal y al revés, si es que os ponéis a entender algo, que es casi nunca, y sólo se les ocurrió meter al desgraciado en una perrera gigante de plástico y santas pascuas.Desde luego os merecéis lo que os pase.

Al rato acabé con hambre, que no había probado bocado desde que me desperté en la cama de dormir mucho, y les maullé a todos otra vez. Me costó casi quedarme afónico, y lo único que logré es que me pusieran el plato a la misma mesa que ellos, donde estaba otra vez el triste ya sin mascarilla, así que tuve que acercarme hasta allí.

Después de que al triste le diera la peor úlcera de la historia y lo pusiera todo perdido en la comida, y se volvieran locos como cuando a mí me pica algo en la corva y no me queda otra que empezar a saltar paredes cada vez más alto a ver si se pasa, me fui por ahí a limpiarme un poco y echar una siesta, que ya estaba pero que muy harto de tanta tontería. Un bicho raro pasó zumbando a mi lado, parecía que igual de harto que yo, y me dijo algo de no sé qué amiga más grande que iba a venir luego y que si quería jugar que fuera a buscarla, que eso sí era calidad y no lo que tenía yo con esos zopencos, pero no me pilló de buenas y lo dejé pasar sin contestarle ni nada.

Y esto es lo que verdaderamente ha sucedido. Ahora estoy recién despertado, se me ha olvidado el berrinche y me siento un poco culpable por haber sido maleducado con aquel bicho, así que voy a ver si encuentro a esa nueva amiga con la que jugar.

Ya sé que las conoces de poco tiempo, pero en estos momentos, ¿cuál de mis mascotas te cae peor?

El macho alfa → ve a 2.

El oscurito y la asustá (es que van siempre en pareja) → ve a 3.

El dejao → ve a 1

Mi mujer mascota → ve a 4.

1

     ¿Qué puede salir mal si se juntan el dejao, mi mujer mascota y el oscurito, y empiezan a seguirte? ¡No le dejan a uno explorar en paz! Total, que lo que yo quería era encontrarme con mi nueva amiga, a ver si era más espabilada que mis mascotas, pero en mitad del trayecto me oigo al trío maravillas zapateando que da gusto (¡qué susto me dieron al aparecer de repente por una esquina!), y van y se me asustan... ¡ellos! Y acaban los tres gritando sin ton ni son, mi mujer mascota y el oscurito riñéndole al dejao por no sé qué de mí, y el dejao tocándose la gorra y liando el cigarrillo alternativamente, como si estuviera agobiado, y luego yéndose a correr él solo detrás mía.

Qué paciencia hay que tener, de verdad.

 

Ahora ve a 5, y, cuando termines 5, ve a 7 (¡ay, yo qué sé, pues anótalo si se te va a olvidar, que para eso te dije lo del papel!).

2

     ¡Buenoooo...! El macho alfa ha decidido demostrarle algo al resto de la manada. Así que cuando me largo a buscar a mi nueva amiga, que era a lo que había venido a fin de cuentas, tengo al tío pegado al culo. Además se ha traído su juguete que fabrica calor, no sé para qué, si aquí con mi pelaje hace ya muy buena temperatura, pero oye, lo coge un día sí y otro también. Debe de estar ya mayor y tiene miedo de que le quiten el puesto en la jerarquía, y alardea del encendedor para dárselas de algo, eso será.

Con éste suele funcionar lo de darle toques en las perneras. Así sabe que las tiene que apartar para que yo pase, y además, implícitamente, se va creando una consciencia de posición superior para mi mismidad dentro de la idea de camada extendida que esta especie asume en su cotidianeidad. Me va a costar todavía un tiempo el que vean esto claro, sin embargo, porque la camada se juntó casi al azar cuando salimos de Thedus, esa mina a lo bestia que se han montado los humanos para cuando se ponen a romper piedras, porque no los conozco bien a todos (hay que ver, que todavía no les he puesto un nombre en condiciones, como Bobby o Coco o Copito) y, además, porque eso de la mismidad y la cotidianeidad son conceptos muy abstractos para ellos.

En cualquier caso no hacen falta toques en las perneras ni nada, que me sigue como si no hubiera un mañana y sin que le haya hecho ninguna indicación al respecto. Me digo que vale, que también está bien, que eso debe de ser que va asumiendo quién es de verdad el macho alfa. Míralo, con el encendedor por delante. Vale, frío hace, pero o lo enciendes del todo o lo apagas, tío, que así como lo tienes, poquito a poquito, se le va a ir todo el gas...

 

Ahora ve a 5, y, cuando termines 5, ve a 6 (¡ay, yo qué sé, pues anótalo si se te va a olvidar, que para eso te dije lo del papel!).

3

     Ay, esta pareja es la monda: no se separan los dos ni con agua caliente. Yo creo que hay rollito, pero delante de los demás hacen como que se ignoran para despistar.

Pues nada, que se han empeñado en seguirme ahora que quería explorar tranquilito y buscar a mi nueva amiga, que era a lo que había venido (mi instinto felino me dice que debe de estar por el puente inferior). Viene el oscurito delante, como para hacer de mini-macho alfa dentro de la parte de la camada que los incluye sólo a ellos dos, y la asustá detrás del oscurito con cara de... bueno, pues eso. Pero a mí me parece que de miedo tiene poco en realidad; que es una pose para que el otro se lo crea, porque a los humanos macho les gusta y así juegan y se entretienen pensando que son la repera cuando en realidad son tontos de capirote.

En fin, varios pasillos he andado a mi bola y los dos pegándoseme al rabo como si quisieran jugar conmigo por primera vez desde que nos conocimos. ¡Anda ya! ¡Iros vosotros a lo vuestro! Y no es que no esté el horno para bollos, es que ahora mismo lo que me mola es jugar con mi nueva amiga, no con la parejita, y averigua tú si no le molesta encontrarse de golpe a tres en vez de a uno, que a los tímidos nos pasan esas cosas y hay que respetarnos mucho.

Les trato de despistar un par de veces, pero siempre me encuentran. Qué pesados que son.

 

Ahora ve a 5, y, cuando termines 5, ve a 8 (¡ay, yo qué sé, pues anótalo si se te va a olvidar, que para eso te dije lo del papel!).

4

     Cuando me largo a ver si encuentro a mi nueva amiga, que era lo que yo quería desde hacía rato, a mi mujer mascota, que me tiene un cariño especial a pesar de lo bruta que es, le da un no sé qué y empieza a llamarme como si estuviera asustada (ya digo yo que la asustá no es la que tiene miedo de verdad, que sólo lo aparenta para... bueno, eso es otra historia). ¿Pero de qué voy a estar yo asustado, buena mujer? Si lo que quiero es ir a jugar y aquí no hay manera, con tanto jaleo y tanto follón que montáis con cualquier tontería y al final para no llegar a ningún lado.

Sí, y encima se viene con el transportín para que me meta. ¡Te quieres ir por ahí ya!

Corro más rápido, a ver si la despisto, pero esta tía es dura de pelar: no consigo alejarme de ella más de medio pasillo. Y dale con el Jonsie, como si yo le hubiera dado permiso para cambiarme el nombre. ¡Que tengo mi buena década encima, señora! Pero nada, Jonsie por aquí, Jonsie por allá y bueno, será la forma que tiene de cogerle cariño a su dueño, yo qué sé, pero es una pesada.

Corro más rápido, me meto por un conducto entre dos pasillos que huele a roña vieja, y parece que la dejo atrás.

 

Ahora ve a 5, y, cuando termines 5, ve a 9 (¡ay, yo qué sé, pues anótalo si se te va a olvidar, que para eso te dije lo del papel!).

5

     El puente interior está bastante puerco en general, pero parece que eso a mi nueva amiga no le importa; incluso se deja tirada la ropa por cualquier sitio antes de ir a ducharse a una sala que hay llena de cadenas que cuelgan del techo (las ideas que llegan a tener los humanos para construir sus habitaciones son raras hasta decir basta). Ahí está la moza, limpiándose toda la mugre acumulada por deambular por donde no conoce, lo cual me congratula, porque eso demuestra que mi amiga es limpia como yo y no como mis mascotas.

Le digo que hola. Me dice que hola y que no le gusta hablar mucho, pero que si le voy a por alguna mascota me enseña trucos nuevos para jugar con ellas mientras volvemos a la Tierra. Le digo que cómo sabe lo de la Tierra, si no he visto a ninguna de su especie por allí antes ni nadie de mi familia me contó nada parecido, y eso que mi familia es amplia, se remonta a la noche de los tiempos y es un regalo de los dioses para varias razas, especialmente la humana. Me dice que hablo demasiado y que le busque algo. Le digo que bueno, pero que espero que la próxima conversación sea más productiva y nos divirtamos los dos más.

En éstas que estoy saliendo y...

 

Ahora ve a donde te dije que fueras justo antes de venir aquí (“¡se me olvidó... se me olvidó...!” ¡Haberlo anotao en el papel!).

6

     ...aparece por la puerta el macho alfa, y, con la luz que le deslumbra la mitad del ojo, no se fija en mi amiga, sino en mí, y trata de cogerme como si yo le hubiera comunicado que tengo hambre, frío o sueño, y, de verdad, que no, pero es que ni tengo ganas de explicárselo, y entonces se viene por detrás mi amiga y lo coge y lo levanta y me enseña un tipo de juego novedoso y que nunca se me hubiera ocurrido.

El macho alfa empieza a darle a los botoncitos del encendedor, buscando el que lo peta (ay, me parece que se le fue el gas de verdad), pero parece que le cuesta encontrarlo, por los nervios y sobre todo porque mi amiga me enseña el movimiento que está haciendo furor en esa parte de la galaxia y el pobre macho alfa se queda de repente sin ojos, nariz, boca ni mejillas, sólo un redondel un poco ahuevado que hubiera pegado alguien al cuello de la chaqueta con alguna sustancia pastosa de ésas que les gusta tanto a los humanos que me construyen mis naves espaciales.

No es que yo me haya divertido mucho con esto, y resulta bastante asquerosito, pero bueno, al principio hay que ser flexible con las amistades, que quien encuentra una de verdad encuentra un tesoro.

Me voy a buscar a otra mascota, a ver si soy capaz de aprender cómo se juega a eso.

Ahora tienes que poner una raya en el papel sobre la línea que pone “El macho alfa”, partiendo todas las letras por la mitad y sin levantar el lápiz o el bolígrafo. Venga, tú puedes, seguro que en el cole has hecho alguna vez algo así. Luego: si la siguiente de mis mascotas que te cae peor es el dejao, ve a 11; si son el oscurito y la asustá (que siempre van en pareja), ve a 13; si es mi mujer mascota, ve a 14.

 

7

     ...aparece por la puerta el dejao, que seguía detrás mía pero me había olvidado de él (como suele pasarme a mí... y al resto de la camada), y el tío no se fija en mi amiga, sino en un servidor, y trata de cogerme como si le hubiera comunicado que tengo hambre, frío o sueño, y, de verdad, que no, pero es que ni tengo ganas de explicárselo, y entonces se viene por detrás mi amiga y lo coge y lo levanta y me enseña un tipo de juego novedoso y que nunca se me hubiera ocurrido.

Lo que pasa es que con mascotas como el dejao ese tipo de juegos no sé si tienen mucho recorrido. Se lo digo pero no me escucha entre los gorgoteos del dejao y el meneo de las dichosas cadenas. En fin, tendré que ir a por otra mascota para repetirlo y aprenderlo bien.

Ahora tienes que poner una raya en el papel sobre la línea que pone “El dejao”, partiendo todas las letras por la mitad y sin levantar el lápiz o el bolígrafo. Venga, tú puedes, seguro que en el cole has hecho alguna vez algo así. Luego: si la siguiente de mis mascotas que te cae peor es el macho alfa, ve a 12; si son el oscurito y la asustá (que siempre van en pareja), ve a 13; si es mi mujer mascota, ve a 14.

 

8

     ...aparece la parejita por la puerta, y, como estaban distraídos haciéndose monerías, no se fijan en mi amiga, sino en mí, y tratan los dos de cogerme (¡a la vez!) como si les hubiera comunicado de alguna forma que tengo hambre, frío o sueño, y, de verdad, que no, pero es que ni tengo ganas de explicárselo, y entonces se viene por detrás mi amiga y coge al oscurito y lo levanta, y de alguna manera que tiene i-rre-me-dia-ble-men-te que enseñarme, coge al mismo tiempo a la asustá y la levanta también, los dos en pareja que es como les gusta, y con cada uno empieza a jugar de una manera que yo nunca había visto y que me deja picueto.

Lo que pasa es que por más que miro y miro y remiro no hay manera de entender nada: tiene tanta experiencia ya que la cosa se termina muy rápido y termina por desentenderse de la pareja de mascotas porque ya no hay de dónde agarrarlos.

En fin, no es que me haya divertido mucho y esto es un poco raro (y asqueroso), pero las ganas de seguir trayéndole mascotas para que me enseñe juegos tan nuevos como ése harían que ahora mismo ignorara una lata de atún fresquita y abierta frente a mis narices.

Ahora tienes que poner una raya en el papel sobre la línea que pone “La parejita”, partiendo todas las letras por la mitad y sin levantar el lápiz o el bolígrafo. Venga, tú puedes, seguro que en el cole has hecho alguna vez algo así. Luego: si la siguiente de mis mascotas que te cae peor es el dejao, ve a 11; si es el macho alfa, ve a 12; si es mi mujer mascota, ve a 14.

 

9

     ...aparece mi mujer mascota por la puerta enarbolando mi transportín personal y con la cara congestionada, y, como está distraída al haberme visto, no se fija en mi amiga, sino en mí, y trata de meterme dentro (¡ay!), y, de verdad, que no, que no me meta en ese puñetero transportín, señora humana, que es muy chico y se me enredan los bigotes con los tornillos que le han puesto en las esquinas, y, justo cuando está a punto de encerrarme no sé por qué, se viene por detrás mi amiga y la coge de los pelos y le da la vuelta y, a pesar de que mi mujer mascota se le agarra a todas las extremidades que encuentra, y de que me da la impresión de que mi nueva amiga no se esperaba tanta resistencia, al final deja de patalear cuando, con mucho trabajo, va dándole golpes hasta que la deja grogui. Me parece que mi mujer mascota debía haberse traído otra cosa en vez del transportín.

Dura un buen rato la cosa, y este juego que me quiere enseñar mi amiga se me antoja complicado, raro y un poquito desagradable. Debo aprender más, así que me voy a ver si consigo traer otras mascotas para entender bien de qué va.

Ahora tienes que poner una raya en el papel sobre la línea que pone “Mi mujer mascota”, partiendo todas las letras por la mitad y sin levantar el lápiz o el bolígrafo. Venga, tú puedes, seguro que en el cole has hecho alguna vez algo así. Luego: si la siguiente de mis mascotas que te cae peor es el dejao, ve a 11; si es el macho alfa, ve a 12; si son el oscurito y la asustá (que siempre van en pareja), ve a 13.

 

10

     Como es muy cansado esto de aprender juegos nuevos, y está visto que mis mascotas, tal y como me las dieron de fábrica, son de lo más trabajoso, me voy a dar una vuelta a ver si me despejo y pienso mejor a cuál coger ahora.

En esto que paso por delante del chiringuito del macho alfa, donde sólo entra él, y de repente me veo al muñeco de leche y a alguien que le da en toda esa cabezota de plástico que tiene, y otro (¿o el mismo?) que grita, y otro golpetazo, con algo todavía más duro que la cabeza, y así una y otra vez y una y otra vez y una y otra vez (no me atrevo a asomarme más, no se les escape uno contra mí), hasta que escucho que la cabeza del muñeco hace pop y veo que el resto, vestido todavía con esa especie de pijama que usa a todas horas, cruza por el otro lado de la puerta bailando sin ton ni son, que sólo le faltan las castañuelas (y la cabeza), y desaparece otra vez y oigo cómo le dan y le dan y le dan con saña hasta que ya deja de bailar.

Por lo poco que se escucha desde aquí, ahora se han puesto a hacerle alguna cosa silenciosa a los dos pedazos de muñeco que les han quedado.

¡Ostras, que habla otra vez! ¡Están como una puta cabra todos!

Mascotas... Yo lo único que quería era que me fabricaran un transportín gigante para ver universo, pero para eso tienes que dejar que te enreden en sus mierdas: te lo llenan de mugre, se dedican a pelearse entre ellos, meten a un muñeco dentro (será porque no tienen suficiente diversión con ellos mismos), se ríen mucho cuando el muñeco se dedica a acuchillar la mesa durante las comidas con los dedos de los demás debajo del cuchillo, y luego se enfadan con él y lo rompen a base de zambombazos y le quitan la cabeza. ¡No hay quien los entienda!

Espera, ahora vuelven a hablar entre ellos.

Uno dice que el bicho es mu malo y que mejor que escupirlo es hacer pum a todo con el bicho dentro.

No sé a qué bicho se refieren ni qué abarca “todo”, pero lo del pum... uy, qué mal rollito me ha dado el pum. Yo por si acaso me voy a dar un garbeo y ya volveré a buscar a la siguiente mascota para jugar con mi amiga cuando estén más calmados, no me vayan a encontrar aquí y me lleve yo ese pum.

Ahora ve a donde decidiste justo antes de llegar aquí. (No, no me digas que no lo apuntaste... ¡Un día de éstos sí que voy a hacer pum, pero yo solito, de los disgustos que me dais!).

 

11

     A ver, porque tú me lo has pedido, pero yo opino que el dejao da poco juego. Siempre que lo veo me recuerda a un aparcavoladores al lado de un hospital de campaña, con su gorrilla, el pitillo medio caído, la camisa de flores y muy pocas ganas de levantarse a buscar sitio para el siguiente vehículo. El dejao no habla. Bueno, sí habla, pero siempre dice “claro”, le pregunten, increpen o se dirijan a él de cualquier manera que involucre sonidos, y no creo que una sola palabra pueda denominarse lenguaje. Sí, cuando se dirije al oscurito también le dice “claro”. Qué figura.

La idea inicial que yo tenía era atajar por los conductos de ventilación, que se llega antes a donde mi amiga, pero ¿tú te imaginas hacer que el dejao se estire y suba y luego se arrastre por el aluminio y me siga todo el camino sin pararse en la primera esquina a liarse otro pitillo? No, yo tampoco. Vamos, me están entrando sudores fríos nada más de pensar en cómo lograr tal hazaña. Lo que sí es verdad es que el dejao es muy cariñoso conmigo. Siempre me está haciendo monerías y diciéndome “claro, claro” mientras me acaricia y “¡claro!” cuando le doy mordisquitos o “¿claro?” cuando le maúllo. Mi mujer mascota, que en el fondo es un cacho de pan, no demuestra ni la mitad de cariño porque siempre está dentro de ese papel de bruta que le gusta tanto (pero a pesar de todo la dejo compartir la cápsula de dormir mucho, porque huele mejor). Para que veas las psicologías con las que tengo que lidiar en mi camada... De vez en cuando me repaso las treinta temporadas de “Malas pulgas”, la serie de televid que guardamos en mi familia como un tesoro desde hace generaciones, pero nada, llego al último, ése tan gracioso y catártico en el que se comen al adiestrador, y no consigo sacar ninguna idea nueva. C'est la vie.

Bueno, que me desvío del asunto. El caso es que decido tirarle de los pantalones de campana, que es la única manera de que el dejao cambie de sitio. Que sí, que así me lo llevo normalmente para que me acaricie,de verdad, y así me lo llevo ahora hasta el cruce de conductos de ventilación donde he quedado con mi amiga. Todo el puto rato tirándole de los pantalones. Y el otro “claro, claro”, o “¡claro!” cuando le tiro de los pelos de las patas por error (¡te lo juro!), a la vez que trata de liar el pitillo y no perder la gorra y trotar más o menos hacia adelante. Un día de éstos pensaba mirar debajo (de la gorra) cuando se durmiera o cuando estuviera liando un pitillo, lo mismo daría, que con el tamaño que tiene guarda algo debajo para que los demás no lo encuentren, seguro. Un trozo de hueso o un cacho de carne asada. Como por aquí no tiene tierra para enterrar cosas...

Pero no va a poder ser. Ha sido llegar al cruce donde esperaba mi amiga y hala, agujero de medio palmo debajo de la gorra, pitillo al suelo mezclado con todas las guarrerías que os podéis imaginar (casi me alcanza el escupitajo si no llego a dar un respingo) y el dejao que se queda con su agujero en el centro de la cara, quieto como estaba, ni para abajo ni para un lado ni para el otro ni para atrás: como si no tuviera ganas de moverse ni siquiera después de que le hayan extraido el cerebelo y gran parte del diencéfalo sin anestesia.

Aunque yo creo que con todo y con eso sería capaz de liarse otro pitillo ahora mismo.

Mi estómago empieza a revolverse, y sigo sin encontrar el parecido entre un juego con mascotas y esto que hace mi amiga, pero no tengo tiempo de pensar más en eso porque mi amiga opina lo mismo que yo os decía antes: que vaya birria de mascota le he llevado. Ea, me has hecho quedar mal; a ver a quién busco para quitarnos este mal sabor en la boca.

Ahora tacha de tu lista al dejao, y luego escoge la siguiente de mis mascotas que te caiga peor, de entre las que no estén tachadas todavía (por curiosidad, ¿te cae alguna bien?). Si te parece que el macho alfa, ve a 17; si el oscurito y la asustá, ve a 18; si mi mujer mascota, ve a 19.

¡¡¡ No, espera !!! Primero ve a 10, y luego ve a ese sitio que has escogido.

 

12

     Yo creo que el macho alfa le puede dar bastante juego a mi amiga: con su barba perfectamente cortada, sus ropas con un montón de signos importantes y su encendedor arriba, encendedor abajo, siempre preocupado de delimitar el territorio (desde que me desperté he tenido la impresión de que algunos rincones de mi nave huelen un poco peor que otros, como si los hubieran marcado, ¿no lo has notado?) y siempre queriendo tener la última palabra cuando se lían todos a pensar y a decidir cosas, como hacen cada dos por tres aunque sea sólo para terminar cagándola una detrás de otra. Tú imagina que me lo llevo con su encendedor puesto a dar vueltas por sitios que no conoce y lo lío por ahí un buen rato. Que se pierde es seguro; y también que a mi amiga le divierte más que el dejao y le da menos guerra que la parejita o mi mujer mascota, con lo burra que es ésa. Con el macho alfa podría enseñarme juegos nuevos, sí. Y de paso voy fijándome a ver si huele raro por donde va pasando y se confirma mi hipótesis de lo del marcaje del territorio.

Como siempre, un par de toques en las perneras y ya lo tengo nervioso y sin saber qué hacer. Aprovecho y salto dentro de uno de los conductos de ventilación y empiezo a hacer ruido a cosa hecha, que estas manitas de ascendencia andaluza podrían ir de una punta a otra de la nave sin que nadie se enterara. Y lo que era de esperar: todos a gritar y a discutir, histéricos de los nervios a ver qué va a ser eso que hace tanto jaleo dentro de los conductos del aire, y a hacer como que deciden algo, y el macho alfa, que se tiene que poner en su sitio no vaya a ser que algún otro quiera ser el macho alfa en lugar del macho alfa, va y se sube a una silla y se mete en el agujero y empieza a seguirme. Ahí, liderando.

Lo que pasa es que el macho alfa no ha caído en que la relación de tamaños entre el conducto y su barriga no es la misma que entre el conducto y la mía: así embutido parece una salchicha dentro de su funda; con las gotas de sudor es como si la estuvieran cociendo. Y el encendedor delante, para sudar más.

Pruebo a hacerle girar por varias intersecciones y el tío dale que te pego, se retuerce lo que haga falta sin reconocer que es incapaz de seguirme bien. Lento como el sólo. De cuando en cuando me aburro y doy la vuelta muy rápido por el otro lado para olisquear los sitios por los que ha pasado. Y me da tiempo a volver a donde estaba sin que se dé cuenta, el nota.

(No parece ir marcando nada. Lo mismo es porque no está cómodo, tan apretado como va... el pobre ni podrá levantar la patita.)

Total, que mi amiga se hace de rogar y yo empiezo a aburrirme de hacer de liebre para un caracol. El resto de la camada, que se hablan a distancia usando unas cosas que se ponen en las orejas para intentar imitar (malamente) la sensibilidad suprema de un gato, empiezan a chillarle al macho alfa, y lo ponen todavía más nervioso, pero es que eso se piensa antes de inflarse de potajes rehidratados en el puente de mando, animalillo mío, que así no hay manera de que puedas alcanzarme ni en veinte años que hayas sudado todo lo que te sobra.

Ah, mira, ahí está mi amiga, y parece que le ha gustado lo que traigo. Bueno, me retiro a ver si esta vez es la definitiva y aprendo algún juego nuevo y molón...

Uy. ¡Si sólo lo ha atontado! Y coge y se lo lleva. ¡Ea! ¡Y ya! ¡Abrase visto!

Siendo justos: novedoso es. Pero no termino de ver la parte de llamarlo “juego”.

Pues no sé, voy a traer otro que no lleve mechero, a ver si ha sido por eso.

Ahora tacha de tu lista al macho alfa, y luego escoge la siguiente de mis mascotas que te caiga peor, de entre las que no estén tachadas todavía (por curiosidad, ¿te cae alguna bien?). Si te parece que el dejao, ve a 16; si el oscurito y la asustá, ve a 18; si mi mujer mascota, ve a 19.

¡¡¡ No, espera !!! Primero ve a 10, y luego ve a ese sitio que has escogido.

 

13

     Se me ha ocurrido una cosa que tiene gracia nada más por conseguir ver a la parejita por separado, a ver si soy capaz de lograr tal hazaña (o si se confirma lo que pienso de que estos dos tienen rollito...).

Primero me pego a la asustá, abro mucho los ojos, así como que no me caben en la cabeza, pongo los bigotes hacia abajo y empiezo a frotarme en su pernera. Sobre todo lo de los ojos es mortal: no hay vez que no funcione con un humano, sea de la raza que sea, tenga el sexo que tenga y ocupe el volumen que ocupe.

¡Hala! No sé si ha llegado a dos suspiros lo que ha tardado en poner cara de boba, pero ya la tengo en el bote y hablándome con ese tono tan tonto, como un silbato roto, que me hace daño a los oídos. Salto entonces a uno de los conductos de ventilación y vuelvo a mirarla de la misma forma, y, como parece que no se entera del todo de lo que le indico, hago el ronroneo (de asustá yo creo que tiene poco, pero de mollera sí que tiene; poco, digo).

Ea, ahora sí que sí. Ven conmigo, que vamos a jugar por este sitio nuevo a ver hasta dónde llegamos.

Está bastante canija a pesar de lo que engullía la tía antes de que al triste le creciera una seta chillona en la barriga, así que me sigue más o menos bien. Los demás empiezan a hablarle de repente por las cosas ésas que se ponen para escucharse de lejos (como si no tuvieran bastante con escucharse de cerca) y le gritan no sé qué de que tiene que traerme de vuelta porque así no hay manera de encontrar lo que están buscando, y la tía se esfuerza pero no consigue ir más rápido, porque tampoco es que tenga una complexión atlética precisamente.

Mi idea era aprovechar algún cruce para correr y volver al principio sin que me pudiera seguir, y lograr entonces que el oscurito también viniera conmigo, a ver qué juegos nuevos me podía enseñar mi nueva amiga para divertirse con dos mascotas a la vez. Pero en éstas que caigo en la cuenta de que como el oscurito se meta en los conductos del aire aquí se asfixia todo dios, porque ése embute los dos metros de hombros que gasta y se hace uno con el aluminio y acaba respirándose él solito todo el aire que viene del puente inferior. Y maldigo mi estampa, porque mira que tenía yo esperanzas en mi plan para averiguar si estos dos tenían rollito y en que me alabara mi amiga por mi indiscutible capacidad de inventiva, pero ahora que caigo en el pequeño inconveniente del tamaño de armario del oscurito me tengo que tragar las esperanzas con paté de jamón york. Hala, por listo.

Menos mal que en cuanto a mi teoría del rollito parece que he ido encaminado: el oscurito acaba de largarse a correr por los pasillos, sin que nadie le haya dicho nada, para ver por dónde va la asustá, gritándole para que le indique por esa cosa orejera que se ponen. Si ya lo decía yo...

Bueno, tampoco es mal arreglo que una me siga por arriba y el otro por abajo. La cuestión es que lleguemos más o menos a la vez.

Y dicho y hecho: un par de cruces más allá y, en la primera apertura que nos encontramos a un pasillo de altura normal, coincidimos yo, la asustá, el oscurito y mi amiga. Yo me echo a un lado, que no quiero robarle protagonismo a nadie y así aprendo mejor cómo se juega. A mi amiga no parece importarle nada lo de ser la protagonista de la fiesta, así que así sucede la cosa: un par de movimientos y la parejita se convierten en una sola cosa definitivamente, más mezclada por la parte de arriba que por la de abajo (ahora sí que van a tener rollito juntos), y mi amiga se larga a saber dónde.

Un poco maleducada, ¿no? Y puerco que lo ha dejado todo (con razón se pega las duchas que se pega). Ni me ha explicado cómo se hace el juego ni nada.

No sé, estoy viendo que es muy rara mi amiga. Y un pelín desagradable.

Aunque reconozco que hay que tener mucha paciencia con mis mascotas, y lo mismo tratar con unas tan especialitas como estas dos era pedirle mucho...

En fin, probaré con otra a ver si sale mejor la cosa.

Ahora tacha de tu lista a la parejita, y luego escoge la siguiente de mis mascotas que te caiga peor, de entre las que no estén tachadas todavía (por curiosidad, ¿te cae alguna bien?). Si te parece que el dejao, ve a 16; si el macho alfa, ve a 17; si mi mujer mascota, ve a 19.

¡¡¡ No, espera !!! Primero ve a 10, y luego ve a ese sitio que has escogido.

 

14

     Mi mujer mascota es rara hasta decir basta. Por fuera, bruta como un burro marciano: a ésta le hacen un chiste medio picantón y se llevan un sopapo en menos de lo que el dejao tarda en decir “claro”. Luego, por dentro (o sea, cuando sólo estoy yo), es otra cosa. La dejo compartir la cápsula de dormir por eso, porque no da un ruido y se le nota como que en el fondo me aprecia, con calma pero con intención al mismo tiempo (y no huele tan mal como los otros), no como el macho alfa, que ni se da cuenta de que estoy, ronca como un camionero y me da de patadas hasta que me aplasta contra el cristal, o el dejao, que cuando no me abraza con demasiado amor habla en sueños (“¡claro!... ¿claro?... claro...”), o la asustá, que a veces abre un ojo, me ve y se pone a llorar sin que haya forma de averiguar a qué demonios se debe. (Con el oscurito, por supuesto, no lo he intentado: con los dos metros de hombro a hombro que mide no me embuto yo con él en ningún tipo de habitáculo ni harto de Whiskas Weyland-Yutani.)

Así que, la verdad, no tengo ni la más remota idea de cómo voy a llevársela a mi amiga. Había pensado que los conductos de ventilación son un camino más corto que los pasillos, y en una situación de incertidumbre como ésta quizás sean la mejor opción. Ah, amigo, pero ahora a ver cómo la metes en un conducto de ventilación (sin llevarte un puñetazo, digo). ¿La tienes que convencer con argumentos? ¿La tienes que persuadir emocionalmente? ¿Le tienes que provocar curiosidad? Es que cualquiera sabe.

Al final me decido por cogerle las bragas limpias y largarme directamente por el conducto más cercano.

Oye, funciona. Ahí viene gritando no sé cuánto de un maldito no sé quién al que nunca le va a a volver a funcionar no sé qué y que como lo pille lo va a lanzar por el agujero más no sé cómo hasta que se pierda en donde el cristo dio las tres no sé qué cuáles. Un galimatías. Yo sigo corriendo, que no veas ésta cómo se las gasta y tengo que tener cuidado de que no me alcance antes de llegar a donde espera mi amiga.

Los demás no le hacen ni caso (aunque no para de chillar la tía), porque quizás la comprenden mejor que yo. Es lo que tiene ser una mascota, claro, que entiendes mejor a las otras mascotas que lo que las entiende tu dueño. Bueno, hablando con propiedad, yo no le estoy haciendo caso tampoco (salvo para dar un salto en cuanto la noto demasiado cerca); sólo me la estoy llevando para que mi amiga juegue, a ver si me puede enseñar alguna cosa nueva, que cuando vuelva a la Tierra voy a ser la sensación.

Al fin, ahí está. Qué carrerita, oye.

Tiro las bragas al suelo y cuando mi mujer mascota salta como un bicho rabioso a recuperarlas se encuentra con que se han enganchado en una de las garras de mi amiga y que ésta ha empezado a babear encima suya como si salivara gelatina pero descompuesta.

Lo siguiente que veo es difícil de explicar: mi mujer mascota se le empieza a enganchar a mi amiga en todas sus partes (no, no me refiero a ésas, que la verdad es que ni siquiera me había fijado en si... no, yo diría que mi amiga no es macho... aunque esos salientes de ahí... pues no sé, ahora ya me has puesto en la duda... ¡pero que no, que no!, que me refería a “parte” como “porción de un todo”, “cantidad especial o determinada de un compuesto”, “cada una de las divisiones principales que suele haber en una...”, ¡bueno, ya me entiendes!), le pega puñetazos, la araña, la patea, le masca lo que puede (mi amiga tiene pinta de tener la piel dura), le chilla, le escupe y la llama algo así como “perra” aunque todo parecido de mi amiga con un perro sea pura coincidencia. Que no le sirve para nada, que lo único que ha montado es una escena, porque al final mi amiga la agarra del cuello, la deja inconsciente y se la lleva a rastras.

A ver, la que ha puesto todo de su parte en esta ocasión (¡no voy a explicar otra vez a qué me refiero con “parte”!) ha sido mi mujer mascota, no mi amiga. Y si sigue haciendo las cosas así no voy a tener manera de aprender nada. ¿Ésta era la que me iba a enseñar lo más nuevo de lo nuevo? Pues vaya decepción.

En fin, intentaré con otra, pero me ha dejado un poco chafado, tú.

Ahora tacha de tu lista a mi mujer mascota (¡mala persona!), y luego escoge la siguiente que te caiga peor, de entre las que no estén tachadas todavía (por curiosidad, ¿te cae alguna bien?). Si te parece que el dejao, ve a 16; si el macho alfa, ve a 17; si el oscurito y la asustá, ve a 18.

¡¡¡ No, espera !!! Primero ve a 10, y luego ve a ese sitio que has escogido.

 

15

     De repente me pego un golpe con la cabeza en el techo del transportín. Se me salta una lágrima, pero no por el golpe sino porque el bigote que se me había enganchado en el tornillo de la esquina, esa maravilla de la naturaleza gatuna en cuanto a sensibilidad y capacidad de percepción sutil, ha sufrido un estirón que ya no sé si nace de los morros o directamente del cerebro.

Cuando dejo de llorar me percato de que estoy tirado en un pasillo y de que me han dejado solo. ¡Maldita sea, eso me pasa por confiar en que mis inútiles mascotas me salven la vida! ¡Seré pringao!

Noto un leve soplido entrando por las rendijas . No me vuelvo porque no tengo sitio, pero reconozco perfectamente la voz sibilina de mi ex-amiga. Ahí pegada, la tía. Me está hablando al mismo tiempo que no para de salivar, que es algo de muy mala educación y que queda bastante asqueroso.

Que qué hago allí solo y que dónde están las mascotas que me quedan, me dice. Que es una guarra, le digo, y que mucho ducharse y quedarse brillante pero lo que le gusta es embadurnarse de porquería de la que tienen los humanos por el interior. Que no me lo tome tan mal, hombre. Que eso se lo diga a un humano (digo), que yo soy gato, no hombre, y que no me junto con psicópatas de ninguna especie que luego me da ardor de estómago. Pues vale, pues que se va a buscar a quien falta y que si no quiero aprender cómo se juega en ese lado de la galaxia que yo me lo pierdo. Pues que vale también, que bueno, que me alegro, que adiós y que prefiero ser gato cateto pero gato feliz, y sobre todo estar rodeado de suciedad que no haya sido algo vivo antes.

¡Y la tía se larga! Allí me deja, tirao en mitad del pasillo... ¿Y qué hago ahora, darle golpecitos a la caja a ver si de saltito en saltito nos plantamos en el transportín de salvamento? Ay, mi madre, ay mi madre, ay mi madre (qué razón tenía cuando me decía que era muy ingenuo con las amistades).

¡Bueno! ¡Ahora se mueve y bambolea el transportín otra vez! Y no escucho ni veo nada por las rendijas, no parece mi ex-amiga...

¡Han vuelto a por mí! ¡Mis valientes mascotas! ¡Vamos, amigas! ¡Todo adelante hasta la salvación final! ¡Con todos los bamboleos y golpes en la cocorota y tirones de bigote que hagan falta! ¡Como si llegamos a la Tierra desbigotados, lo importante es hacerlo en un sólo trozo!

Corremos y corremos y voy todo loco y mareado porque haya sucedido tal milagro (teniendo en cuenta las habilidades de mis mascotas para lograr lo que se proponen), y atravesamos la escotilla del transportín de salvamento y se cierra la puerta y la voz de la habitante misteriosa de la nave que contaba para atrás como si se hubiera quedado tonta se apaga y me depositan en una cápsula de dormir mucho que distingo por la luz blanca y no por nada más, porque de lo excitado que estoy ya no me acuerdo ni de quién me ha traído hasta aquí.

Cualquiera se pone a dormir con este estado de ánimo. Es intentar lamerme las patas y no acertar, con eso te lo digo todo.

En un momento dado alguno de los sentidos que todavía me quedan me informan de que nos movemos; todo el transportín se mueve (el de salvamento, no mi caja). Un poco después noto unas vibraciones extrañas, también en todo el transportín, como si hubiera sucedido el pum ése del que hablaban, pero a lo lejos. Ay, yo qué sé si es el pum o que me he caído para un lado, bastante tengo con seguir sin vomitar... Y no me sale dormir, con la puñetera luz blanca que no se apaga en esta cápsula. A esto yo lo llamo estar dormido de los nervios. Sí: que tienes mucho sueño (siempre que me meto en una cápsula de dormir me entra un sueño criminal) y al mismo tiempo estás con un interior muy chungo, de ésos que parece que te va a pasar algo inminente y muy catastrófico pero nunca pasa, y tú sigues con los nervios de que pase y con el sueño agarrado sin cogerte del todo pero sin soltarte, y así en bucle, un rato largo. Muy mal que se pasa, te lo digo yo.

Ahora ve a 24.

 

16

     Pues parece ser, cágate humanito, que para llevar a cabo su fantástico plan de hacer pum con todo se han ido cada uno por su lado a preparar cosas. Me he dado cuenta porque, al volver a ver si se habían calmado un poco, me he encontrado al dejao arrugado en una esquina, liándose un pitillo, que es lo que hace siempre que le mandan a algún recado. ¡A quién se le ocurre encargarle ningún plan al dejao! Es que están para encerrarlos a todos en la humanera...

En fin. El dejao no es que dé mucho juego, la verdad, pero teniendo en cuenta la sofocación que tenían antes, y todo eso del pum, para mí que es la apuesta más segura para conseguir algo de diversión esta tarde. Míralo, ahí con la gorra de tamaño doble bajo la que seguro que esconde algo, con la camisa de flores (lo único que le da alegría a la estampa), las pelambres que se le salen de la gorra como si se las cuidara con aceite de maquinaria y la barba de siete días, que el tío guarro ni se afeitó antes de ponerse a dormir mucho.

Con el dejao lo que mejor funciona para que haga lo que tú quieras, bueno, lo único que funciona, es darle tirones de los pantalones de campana. Por eso los demás nunca logran que haga nada a derechas (ni a izquierdas), porque no se tumban y empiezan a morderle los bajos, los muy vagos.

Ea, un par de tironcitos y con su lenguaje de una palabra (“¡claro!”) empieza a seguirme, eso sí, sin dejar de enrollar el pitillo (¿cuántos días se tardan en darle forma a una cosa tan chica?) ni apartar la mirada de la operación tan delicada que se trae entre manos. Sorprendentemente no se pega en la cara con ninguna viga en todo el camino, lo que demuestra que esta mascota tiene algunas capacidades aún por explorar. Muy pocas. Acaso media capacidad. Pero eh, ahí está.

“¿Claro?” me dice cuando giramos a la izquierda, y “claro” cuando a la derecha, y “¡claro!” cuando terminamos en la sala donde almacenan unos bidones todos iguales de no sé qué. La exclamación en este caso es porque casi se topa con mi amiga, que estaba allí esperando ya, la muy ladina.

Sí, seguro que es al toparse con mi amiga y no después, porque un milisegundo después le ha crecido un nuevo miembro al dejao, que le sale por la espalda llevando consigo alguna que otra tripa enredada, y ya no dice nada, y luego mi amiga tira para arriba y el otro empieza a berrear como si le estuvieran cortando el rabo (tenía un lenguaje de dos palabras, entonces: el “claro” y el berreo) y, lo peor, lo que ya me pone el cuerpo malo del todo, es que mi amiga termina escupiendo una especie de jugo gástrico de cuando te has hartado de atún y además te dio por mezclarlo con jamón york y pelusa de la cama en mal estado, todo amarillo y verde y muy oloroso, en serio, y el liquidito de marras empieza a comerse la cabeza del dejao desde arriba hacia abajo sustituyéndola por humo blanco, como si lo estuviera borrando con una goma, y perdona, pero no, yo lo que quería era aprender juegos nuevos, pero esto no es un juego, esto es una MARRANADA. ¡Vaya ojito tengo yo con las amistades!

Y lo peor viene cuando el otro tiene los hombros más altos que el resto del cuerpo: va la tía y me echa una mirada... ¡Ay mi madre, qué mirada! Empiezo a vomitar yo mismo mi propia digestión del atún y el jamón york, en un chorro asqueroso sin medida ninguna, de verdad, que la he cagado mucho y yo me largo de aquí con el vómito a medio echar antes de que se le ocurra explicarme lo que pretende transmitir una cosa extraterrestre gris, brillante y goteante cuando te mira fijamente de esa forma... ¡Prefiero arriesgarme con el pum!

Ahora tacha de tu lista al dejao, y según quién sea la mascota que te queda sin tachar, ve a 21 (el macho alfa), a 22 (el oscurito y la asustá) o a 23 (mi mujer mascota).

 

17

     No sé si habrás visto el televid de chorrocientos episodios, todos iguales (me parece que el prota sólo era de verdad en los primeros cinco y que en el resto habían puesto un muñeco), en el que salía un tío embadurnado a rayas negras y verdes, con cara de haber olvidado cómo hacer amistades desde la última que tuvo a los tres años y una cinta roja sujetándole el pelo lleno de grasa. Sí, el que empuñaba en una mano un cuchillo y en la otra un arma de ésas antiguas tan graciosas que hacían mucho ruido y que no se sabía a dónde lanzaban las balas pero lanzaban un porrón cada vez para compensar; el que se metía en una selva o algo así y no paraba de refunfuñar todo el rato.

Bueno, pues si tú, que no dispones de mi sentido olfativo superdesarrollado, pudieras oler lo que emana de cada cual, sabrías que el macho alfa es como ése pero cagao por dentro.

Me ha recordado esto el verle salir a toda pastilla de la habitación donde han descabezado al muñeco de leche, con su máquina que echa llamitas en ristre como si fuera a vaporizar toda la estación él solo, refunfuñando también y con el pelo y la cara sucios de la porquería que ha soltado el muñeco. Vale, además de estar cagao por dentro tampoco usa cinta para el pelo. Bueno, y tiene barba. El caso es que él pretende tener la misma actitud de el de la peli, aunque no le salga y todo el mundo se dé cuenta de que, en el fondo, lo que quiere es irse a su casa a ver televids y mascar chips marcianos sin rehidratar.

El problema es que, por algún motivo, quizás la ofuscación por lo del muñeco o algo relacionado con el pum, me ha visto y de repente ha decidido ir detrás de mí gritándome cosas como muy preocupado. A mí me viene bien: así le llevo a mi amiga otra mascota y a ver qué me enseña, que con lo de la sala de máquinas y los conductos de ventilación no me ha quedado claro. Pero me están entrando las dudas... Tú verás que al final se está quedando conmigo y no voy a aprender ningún juego, que con las nuevas amistades hay que tener mucho cuidado y mi madre siempre me decía que me dejaba llevar demasiado fácilmente y todas terminaban engatusándome (¡como es lógico!, le respondía yo, ¡no me van a emperrar!, demostrándole así a mi madre mi gran perspicacia al pillar las ideas al vuelo en toda su extensión y, sobre todo, profundidad).

Bueno, pues ahí viene el macho alfa, a pesar de que yo voy ya al trote. No lo hago por despistarlo ni huir, sino por probar a ver si logro que se le apague el mechero y me echo unas risas.

Pero no, la llamita sigue bailoteando de un lado para otro y no me pierde de vista el tío.

Tanto que termina topándose con mi amiga y ni se da cuenta.

Al menos no se da cuenta en lo que tarda mi amiga en levantarlo después de hincarle la cola por la barriga. Poco después asoman las uñas de cada mano por los lados del agujero del que sobresalía la cola y empieza a tirar para afuera, y el macho alfa comienza a gritar como si tuviera un estreñimiento sorpresa, sí, de ésos que estás muy contento porque te crees que vas bien y suave pero de repente quiere salir de allí abajo algo del diámetro de tu cabeza y te tienes que aguantar y seguir pase lo que pase porque no lo vas a empujar para adentro de vuelta, y así el tío grita y grita y grita y grita y luego ya no grita porque hay dos partes bien diferenciadas de macho alfa, una a cada lado de mi amiga, y empiezo a vomitar por lo que acabo de ver y no me conforta en absoluto constatar que mi amiga también vomita, una cosa amarillo verdosa que en cuanto empieza a echar humo al caer al suelo me quita todo sentimiento de confort derivado de una supuesta empatía con mi vómito, y empiezo a darme cuenta de que esto es una verdadera salvajada, y empiezo también a repetirme que tenía que haberle hecho caso a mi madre mientras salgo corriendo de allí y me digo que cómo le iba a hacer caso a mi madre si no me estaba enterando de lo que la buena mujer quería decirme, y vuelvo a repetirme que daba igual, que tenía que haberle hecho caso sin pensar nada, que es lo que se hace con las madres, y justo después me digo que cómo le iba a hacer caso si... En fin, que me paso así todo el camino de vuelta en vez de maullar como un desgraciado, que es lo que tendría que hacer si quiero que alguien me ayude y me salve de la que creía que había venido sólo para enseñarme juegos nuevos con mis mascotas.

Ahora tacha de tu lista al macho alfa, y según quién sea la mascota que te queda sin tachar, ve a 20 (el dejao), a 22 (el oscurito y la asustá) o a 23 (mi mujer mascota).

 

18

     Yo te digo a ti que el oscurito y la asustá tienen lío. Que siempre van juntos, que se echan unas miradas que no son normales, y que a la asustá le mola la tira azul que se pone él en la frente para parecer especial, y al oscurito le mola que haya alguien en la camada capaz de abrir tanto los ojos como él. Yo lo digo y lo maúllo, pero nadie me escucha porque son todos unos desaboridos.

El caso es que no sé cómo se las han apañado entre los que quedan para descabezar al muñeco de leche, pero antes de que pueda largarme de allí asustado por lo del pum asoma la cabeza por la puerta el oscurito, y la tiene toda manchada de blanco como si lo hubieran decorado para una tarta, y luego viene la asustá y también, aunque a ella no se le nota mucho dado su tono natural de piel, así que yo apuesto por que él sujetaba al muñeco y ella le daba con un palo, y eso sin haberlos visto dentro. Que hay rollito entre los dos, seguro.

De hecho, me acaban de ver y se han venido hacia mí a la vez, como si hubieran pensado la misma cosa al mismo tiempo (qué romántico), y empiezan a hablarme como si fuera tonto (mira que me pone de los nervios cuando usan ese tono de voz), diciéndome algo de no sé qué de que hay que recogerse que es tarde y se está más seguro en otro sitio donde no pueda haber pums ni cosas malas.

A mí el que tengan rollito me divierte un poco, pero no tanto, así que decido correr un poco más rápido a ver si con estos dos mi amiga me enseña algún juego interesante, que entre lo de la sala de máquinas y los conductos de ventilación se está pasando el rato y sigo sin aprender nada molón.

Y más rápido que corro y más rápido que vienen ellos detrás, y más esquinas que doblo y más fuerte que se les oye, el oscurito sobre todo, que cada vez que pisa vibra el suelo y tengo que recuperar el equilibrio (y la asustá da un gritito), que no sé cómo puede sostenerme el ritmo ese armario de dos metros.

Ahí está mi amiga. Bueno, pues yo me aparto y les dejo paso.

Al principio ni se dan cuenta de que mi amiga está (la verdad es que, si no la miras muy atentamente, la puedes confundir fácilmente con una tubería o una bombona de aire, pero no se lo he querido decir no se fuera a molestar), hasta que se la dan, cuenta, digo, y entonces resulta que cada uno se halla a uno de los lados de mi amiga, y mi amiga se decide por el oscurito, que seguro que le da más juego, y ni corta ni perezosa le enrolla la cola tan larga que tiene alrededor y lo levanta dos palmos del suelo como si nada, y la asustá empieza a gritar (pero no se mueve del sitio, la condenada) y el oscurito a agitarse pero le dura poco porque mi amiga le da un beso tan rápido y tan profundo que veo cómo acaba besando la pared del otro lado después de dejarla perdida de sesos, sangre y pelo recio que fue imposible de peinar, y, después de que yo empiece a vomitar como acto reflejo ante tal muestra de cariño, suelta al oscurito y se da la vuelta hacia la asustá, que sigue gritando igual que antes, y en un santiamén la levanta también, pero a ésta después de ensartarla con la misma cola, que sólo parecía prensil, y sigue gritando, y mi amiga parece hartarse de eso y le da otro besito para que se calle, y yo ya no tengo nada en el estómago que echar pero sigo echando cosas que no sé ni de dónde vienen ni si son mías siquiera, que si eso es un juego con mascotas que baje Anubis y lo vea, y si me puede dar algún consejo para no gastar de golpe las siete vidas que tan amorosamente había preservado, que lo haga ahora o nunca, pero parece que va a ser nunca, y de aquí tengo que largarme antes de que mi amiga decida que esa cola tan grande puede servir para ensartarme también a mí, y salgo pitando y maúllo por los pasillos sin parar, como si la asustá me hubiera dado el relevo, y busco como alma que lleva el diablo a quienquiera que pueda ayudarme a salvar el pellejo joder qué mierda es ésta joder qué cagada más grande lo de mi amiga, macho.

Ahora tacha de tu lista a la parejita, y según quién sea la mascota que te queda sin tachar, ve a 20 (el dejao), a 21 (el macho alfa) o a 23 (mi mujer mascota).

 

19

     Ya me lo tenía que haber imaginado, con lo bruta que es: mi mujer mascota es la que le ha dado el sopapo que ha descabezado al muñeco de leche. Nada más pasar por delante de la puerta me la he encontrado saliendo con la ropa toda salpicada de blanco y tal cara de pocos amigos que me ha hecho dar un respingo y correr más rápido, que a ésta no la he visto todavía enfadada de verdad pero el estado en que lleva los rizos y las chapetas que le han salido, con lo reblanquiza que es, no indican nada bueno al respecto (seguro que es también la que ha decidido hacer pum con todo).

El caso es que ha empezado a correr detrás mía gritando no sé qué del transportín y del pum y de que no me largue por esos pasillos de dios, y eso me ha dado la idea de que, si consigo que siga detrás mía, va a ser la próxima que le lleve a mi amiga, aprovechando que no vuelvo a esa habitación de gente matadora de muñecos de leche ni loco. Además, con el carácter que tiene, esto va a dar juego sí o sí, qué emoción.

Y allá voy, corre que te corre delante de mi mujer mascota, que no para de chillar y quejarse (la dejo dormir en mi cubículo porque es muy limpia y no se mueve ni nada, pero a esa versión que viene detrás de mí no lo metía yo en mi cubículo de dormir ni harto de Whiskas Weyland-Yutani), y me amenaza con el transportín, con lo chica que es esa caja y lo que se me enredan los bigotes en los tornillos de las esquinas, que yo entiendo que es por mi seguridad, que mi mascotas se preocupan y no quieren que me dé un golpe o algo cuando la nave se mueve mucho, pero es como los cortadores de uñas de gato: un dispositivo infernal ideado por algún humano psicópata que se aburría demasiado.

¡Ay! Casi me coge del rabo. Señora, haga el favor, que ese juego es muy viejo y muy soso; espere a que lleguemos a donde mi amiga...

Como está tan canija y se mueve tan rápido con el cabreo que tiene, llegamos muy pronto a donde está mi amiga, y mi mujer mascota se abalanza sobre ella pensando que es un montón de tuberías, para darse impulso y agarrarme definitivamente aquí mismo, pero, aunque es verdad que mi amiga parece un montón de tuberías si la miras así de perfil y entornando un poco los ojos, la mujer mascota se da cuenta de que no en un santiamén, justo cuando una de esas tuberías se levanta y le pega en toda la cocorota y la deja medio lela y la levanta cogiéndola del cuello que se le van las dos chapetas en un abrir y cerrar de ojos, y mi mujer mascota parece que reacciona porque empieza a darle patadas y puñetazos por todos sitios pero sin acertar en ninguno blandito, y mi amiga le devuelve las patadas y se da cuenta de que ésta es dura de roer, y pasa rápido a la cola esa larga y llena de dientecitos que tiene y ay dios que acaba de meterle la cola por la barriga y sacársela por la espalda llena de cosas rojas y como de goma, y mi mujer mascota gorgotea porque ya no puede chillar más y mi amiga empuja con la cola para arriba y para abajo como si quisiera hacerse un batido de humana pero se atranca con algo y al final mete las manos para ayudarse porque ya no las necesita para mantenerla en alto y empuja para los dos lados y empuja y empuja salpicándolo todo de cosas que palpitan y están calientes y yo empiezo a vomitar todo lo que había comido como si fuera el triste a la hora del último almuerzo pero sin tener un bicho-seta dentro, y mi mujer mascota termina empotrándose contra las dos paredes, un trozo grande a cada lado, y yo ya no puedo aguantar tamaña asquerosidad y los restos resbalando hasta el suelo y vuelvo a vomitar pero salgo corriendo de allí al mismo tiempo, con mi vómito a cuestas, aunque tenga que dejar un reguero, porque vaya con mi amiga, que era más psicópata que el inventor de los transportines, y esto ya tiene poco remedio, que entre unas tonterías y otras me he cargado a casi toda la camada y lo único que me queda es buscar a alguien que me ayude a salir de esta nave cagando leches antes de que mi amiga me tome a mí también por una mascota.

Ahora tacha de tu lista a mi mujer mascota, y según quién sea la mascota que te queda sin tachar, ve a 20 (el dejao), a 21, (el macho alfa) o a 22 (la parejita).

 

20

     Yo esto sí que no me lo creo: que el que haya quedao al final para salvarme sea el dejao. ¿En serio? Con su gorra tamaño cabeza (de altura), su pitillo que no termina nunca de liar, su camisa de flores y seguro que tirado en cualquier esquina murmurando en su lenguaje de una palabra (“claro”, “¡claro!”, “¿claro?”). ¡A ver cómo consigo que lo prepare todo para irnos en el transportín de salvamento y hacer pum de verdad con el resto de la nave y mi ex-amiga dentro! (ay, las amistades, un día bien y al otro no se pueden ni ver).

Bueno, me lo encuentro tirado, pero no en cualquier rincón, sino en la sala donde descabezaron al muñeco de leche (todo lo demás es como lo esperaba, lo del pitillo, la gorra y la camisa). Empiezo a maullarle y a tirarle de los bajos de los pantalones campana y a darle mordisquitos en los pelos de las piernas (¡a ver, qué remedio, que no estoy para que me haga monerías!), y un rato después parece que reacciona. “¡Claro!”, me dice, dándose con la palma de la mano en la frente que casi se tira la gorra (pero no se le cae: éste tiene dentro alguna cosa pegada, un hueso o un trozo de carne a medio comer, seguro), y sale corriendo y yo detrás de él.

Debe de ser la primera vez que veo a este tío correr. Da como grima.

Cuando llegamos a la sala de mando se tira al suelo debajo de una mesa, y cuando voy a morderle y maullarle otra vez, me doy cuenta de que está juntando unos cables por debajo y murmurando todo el rato “claro”, “¡claro!”, como si se diera a sí mismo las instrucciones para arreglar algo en base a su palabra mágica, y salta una chispa y “¡¡claro!!” al final aparece una voz de alguien que no sabía que vivía con nosotros y que ha debido de contratar el servicio de megafonía de toda la nave, diciendo no sé qué de hacer pum en cinco minutos, y el dejao se levanta, se sacude los pantalones y se pone a liar otra vez el pitillo de marras.

Ay, le maúllo y le tiro de los bajos del pantalón y le muerdo los pelos de las piernas hasta que se da otra vez con la palma de la mano en la frente (la gorra quieta, “¡claro!”) y empieza a moverse otra vez.

Lo primero que hace es buscar mi transportín personal, y me aguanto porque me parece que para llegar hasta el transportín de salvamento mejor ir protegidito, y me meto y encojo los bigotes todo lo que puedo pero ya se me ha enredado uno en el tornillo de la esquina, maldita sea qué chico es esto.

El bamboleo que sigue (y yo sufriendo todo el rato porque ya no puedo tirarle de los bajos ni morderle los pelos de las piernas si se me queda lelo en un rincón) me impide ver muy bien por dónde vamos, pero espero que suceda un milagro, porque el que mi ex-amiga no me bata las tripas por dentro hincándome la cola esa que tiene depende enteramente de un ser que esconde huesos a medio roer en su gorra, no se lava el pelo desde que se metió en esta nave, tampoco se ha cambiado de camisa que yo haya podido observar y no te puedes imaginar de qué manera corre.

Ahora ve a 15.

 

21

     Y tú dirás: “qué suerte tiene este gato, que cuando quiere huir de una amiga que le ha salido rana -más bien charcutera- puede contar con el jefe de su camada, el líder, el que no dudará ni un segundo en sacrificarse a sí mismo con tal de que el ser superior al que da protección -yo, o sea tú si hablamos desde tu propia perspectiva, en fin, ya me entiendes- consiga sobrevivir y pasar este mal trago”.

 

Y yo te diré: ¿tú no conoces a mi macho alfa, verdad?

 

A ver, que yo lo llamo así porque el tío se lo cree: dándoselas todo el rato de que organiza cosas y diciéndole a todos lo que tienen que hacer (me gustaría que hubierais visto cómo le obedecían en realidad el oscurito, o el dejao, que en paz descansen), con su chaqueta toda planchadita y su barba toda recortadita y el montón de pines que se ha agenciado y que se ha prendido todos ordenaditos en la solapa, pero que no, que éste tiene menos arrestos que todos los demás juntos (que en paz descansen), y que lo que está deseando es irse a su casa a darse una ducha en condiciones y leerse todos los periódicos que se ha perdido desde que despegamos, mientras se fuma un puro.

 

Capacidad de decisión por mis... Ahí está, saliendo de la sala donde han descabezado al muñeco de leche, pero yo apuesto hasta la última uña del último miembro de mi familia a que no ha sido el macho alfa al que se le ha ocurrido lo de hacer pum con todo ni lo de dejar al pobre muñeco de leche con todos los tubitos al aire. Y que nos las corten (las uñas) con el dispositivo más oxidado que se hayan inventado las mascotas humanas.

 

Lo que sí hace es estar siempre en medio: sale con su chaqueta (y la barba y el flequillo) llena de manchas blancas, que debe de estar muy alterado porque en caso contrario hubiera tardado menos de dos minutos en irse a un espejo a arreglarse. Pero no: ahí está, en la puerta de la habitación, con el encendedor de dos litros de gasolina en la mano, que nunca se despega de él para dar la impresión de que puede hacer cosas que requieran llama y brío.

 

Al verme pega una voz como si me llamara, y como estoy más asustado de lo normal me subo a su brazo y dejo que me lleve a donde quiera (¡cuidado con el mechero de medio metro, desgraciado!), que peor que estar solo por esos pasillos de dios seguro que no es. En el fondo me doy cuenta de que estoy buscando la figura de un padre protector; cuando le veo la cara y deduzco las capacidades de protección que tiene se me cae el alma a los pies.

 

Parece que, contra todo pronóstico, está ejecutando un plan: primero me mete en mi transportín personal, lo cual, sorprendentemente, agradezco aunque me vaya a pillar un bigote con el tornillo de la esquina, porque si aparece mi ex-amiga al menos tendré una pequeña barrera de contención y puede que hasta ni me vea; luego se pone a hurgar en los cacharros del puente de mando, venga a dar botones, a subir palancas y a bajar pistones (ahí empiezo a dudar de lo del plan); entonces se queda quieto cuando surge una voz que parece venir de todas partes (¡polizón!, maúllo, pero no me hace caso) diciendo no sé qué cosa de cinco minutos y de para atrás; finalmente me coge en mi transportín y empieza a correr por los pasillos.

 

No salgo de mi asombro: capaz será de haberlo preparado todo él solito para que haga pum. La primera vez que cumpliría un objetivo, que yo recuerde.

 

El caso es que dentro del transportín ya no puedo estar pendiente de mucho más; primero porque apenas se ve nada por las rendijas (¡malditos psicópatas humanos constructores de transportines personales!), y segundo porque el bamboleo me recuerda que tengo todavía un cierto poso estomacal que puedo terminar de sacar como esto del corre que te corre se prolongue mucho y el macho alfa la cague con mi ex-amiga de la misma forma que ha cagado hasta ahora cualquier cosa en la que se ha puesto manos a la obra

Ahora ve a 15.

 

22

     ¿Tú te puedes creer que en lo que me ha dado por pensar mientras vuelvo corriendo a la habitación donde descabezaron al muñeco de leche ha sido en la sospecha que he tenido siempre de que el oscurito y la asustá tienen un rollito? Qué cosas tiene la mente, ¿eh? Ya no noto ni el hilillo de vómito que he venido soltando desde la última escenita de mi amiga, perdón, ex-amiga.

Pues ahí está la parejita, saliendo del lugar, todo embadurnados de cosas blancas que tenía el muñeco de leche por dentro (en el oscurito se notan mucho y en la asustá casi nada; ahora parecen más iguales), y como dándose consuelo, que es lo que yo decía, que esos tienen rollito porque, independientemente de la situación, consiguen acercarse cuando nadie mira a decirse sus cositas, y qué bonito es el amor si no fuera porque QUÉ DEMONIOS ESTOY HACIENDO PENSANDO ESTAS GILIPOLLECES. ¡Que como nos encuentre mi ex-amiga sí que vamos a tener todos un gran rollito, los tres juntos con todos nuestros interiores mezclados unos con otros y otros con unos!

Yo no sé realmente a por quién acabo de saltar (ya digo que con lo blanco el oscurito se me parece a la asustá), pero pronto me doy cuenta de que me ha recogido ella, y de que empiezan los dos a correr. Para eso tiene uno mascotas: para que lo ayuden en caso de necesidad y lo protejan ante ex-amigas que salen rana, o, en este caso, charcuteras.

Me llevan los dos corriendo, ella detrás de él, no por nada, sino porque no caben a la vez en un pasillo y los dos metros del oscurito pueden ser un buen parapeto en caso de encuentro imprevisto (digo yo; al menos lo veo práctico). Llegamos a la sala de mandos y, mientras el oscurito se pone a buscar cables y darle a los botones y a tirar de palancas al azar, o así lo parece, la asustá me busca mi transportín personal y me mete con mucho cuidadito, que no parece asustá ni na, y yo lo agradezco, la verdad, porque en caso de que venga mi ex-amiga puedo hacerme un ovillo inane y confiar en que no se dé cuenta de que estoy embutido en una cosa tan chica, tan inhabitable y en la que se me enredan los bigotes con los tornillos de las esquinas. La esperanza nunca se puede perder.

En un momento dado escucho que el oscurito deja de apretar botones, tirar de palancas y, en general, de hacer cosas. En su lugar suena una voz que sale de todos sitios diciendo no sé qué de ir hacia atrás y de cinco minutos, la cual voz yo ignoro porque, en una situación de extremo peligro como ésta, el que hayamos tenido todo el tiempo un polizón a bordo me la trae al pairo.

La asustá coge mi caja y empiezan los dos otra vez a correr, espero que para largarse al transportín de salvamento, con el oscurito por delante (no es que vea mucho, pero un armario de dos metros no se puede confundir ni a través de estas rendijas minúsculas). De todas formas llega un momento en que el bamboleo, los zapatazos del oscurito y la respiración de la asustá a la carrera me vuelven a provocar el vómito y empiezo a luchar contra él porque ya es lo que me faltaba meter en esta caja de tortura, lo que quede del jamón york y el atún rehidratados, así que ya no me doy cuenta de muchas más cosas.

Ahora ve a 15.

 

23

     Pues no sé yo, entre el triste, el dejao, el macho alfa, el oscurito y la asustá (sin contar el muñeco de leche, que era más raro que un piojo bizco), lo mismo he tenido suerte de que todavía quede en pie mi mujer mascota. ¿Que por qué lo digo? Porque es más bruta que un arado marciano. Que sí, que es la que me tiene más cariño (pero por dentro), y que es la más lista con diferencia de mi camada, pero también es de las que te mascan una pierna si te metes con ella, te hacen una llave de nivel doce si te ríes de ella y te dejan bizco de un puñetazo si le mencionas, sólo le mencionas, que está muy guapa ella. Así que todavía tengo esperanza.

 

Cuando llego corriendo está saliendo de la habitación donde han descabezado al muñeco de leche, toda manchada de la porquería que hacía que el muñeco funcionara (mira que los humanos pueden llegar a ser psicópatas) y que ahora, medio seca, parece como lo que tienen algunos dulces por encima. Eso sí, tranquila no la veo: tiene un pedazo de metralleta al hombro que empuña en cuanto me ve aparecer y que apunta en mi dirección, pero no me da tiempo a frenar y acabo resbalando y chocándome con su pierna mientras mi esperanza se convierte de nuevo en vómito, de puro terror.

 

Entonces me coge con la otra mano y me habla así muy cariñosa (que no me quita el susto, por la falta de costumbre), y me lleva corriendo a la sala de mandos, metralleta en mano, y mirando para atrás cada dos por tres. Allí me suelta y empieza a buscar mi transportín personal, esa caja diminuta en la que se me engancha siempre algún bigote con los tornillos de las esquinas, pero que, francamente, ahora mismo me va a dar como sensación de protección. Si aparece mi ex-amiga y me pilla dentro estoy dispuesto a hacer sonar las quijadas como dos alicates para despistar. Así que, sin que mi mujer mascota me lo diga otra vez, me embuto en la caja con sumo gusto y trato de recoger los bigotes todo lo que puedo. ¡Maldita sea, no fue suficiente! Ya tengo uno enredado en el dichoso tornillo.

 

Mientras tanto, mi mujer mascota empieza a darle a botones, palancas y pistones como si no hubiera un mañana (que lo mismo no, la verdad), sudando cada vez más y con unos puñetazos que no me gustaría ser botón, hasta que da la impresión de que se ha quedado sin cosas que pulsar porque está muy quieta y como esperando. Entonces suena una voz que parece salir de todas las paredes diciendo algo así como cinco minutos y que hay que contarlos hacia atrás, y, francamente, ni tengo ganas de ponerme a contar hacia atrás nada ni sé por qué tendríamos que hacerle caso a una polizona a la que le da por hacer acto de presencia en el momento más inoportuno. El caso es que mi mujer mascota me coge otra vez y hala, a correr como alma que lleva el diablo por esos pasillos oscuros en los que parece que los electricistas hicieron una labor de atrezo en vez de su trabajo, porque saltan chispas por todas partes y no recuerdo que nadie se haya estado dedicando a romper cables en los últimos dos días sólo para hacerlo todo más espectacular. Y el dichoso humito, que parece que hay cien polizones más escondidos por los pasillos fumando como porretas para que no veamos y nos tropecemos.

 

En fin, entre las chispas, el humo, el bamboleo de la cajita, el bigotito tirándome cada dos por tres, que es peor que un dolor de muelas, y el estómago que se empeña en seguir vomitando haya lo que haya dentro de mí, no me entero de mucho más. Sólo que debemos de seguir corriendo, espero que para ir al transportín de salvamento y hacer pum de todo esto con mi ex-amiga, pero no nosotros, dentro

Ahora ve a 15.

 
 

24

     No te lo vas a creer: que en algún momento me he tenido que dormir, porque de repente me acabo de encontrar en un hospital y no tiene pinta de nave minera ni nada de eso...

Antes de caer en la inconsciencia me pareció ver movimiento fuera de la cápsula (lo siento, con tanta luz cualquiera distinguía nada concreto). Espero que no fuera mi ex-amiga que se hubiera colado en el transportín de salvamento, porque entonces la va a montar en el hospital y en lo que haya por los alrededores... ¡Ay, dios! ¡Anda que si fue mi amiga...! Ay, que la he liado parda, que esto va a ser la ruina de mi familia, con todo el abolengo que teníamos, que andábamos ya explorando el universo como reyes con los super-transportines que nos hacían los humanos y que ya no van a querer hacernos más ni darnos un papel estelar en ninguna película de terror espacial, ay que ya lo decía mi madre que no me fiara tanto de las amistades, que me dejo llevar y no todo el mundo es tan bueno como yo y al final, que las probabilidades son muy puñeteras, te encuentras con gente muy guarra y que lo pone todo perdido de vísceras aunque te diga que se ducha, ¡ay, ay, ay!

FIN